Docente, el reto de la influencia debida
Estoy seguro de que todos, aun los que somos desmemoriados, recordamos a algunos de los maestros con los que tuvimos la inevitable obligación de compartir el aula durante nuestros años en la escuela primaria.
Personalmente, recuerdo a algunos de forma positiva, con admiración, respeto -y sí- también con cariño. A otros, por el contrario, a pesar del paso de los años (más de los que quisiera que fueran), les recuerdo todavía con malestar.
No sé a cuántos les sucede lo mismo, pero el recuerdo que tengo de mis maestros de primaria no se relaciona tanto con sus explicaciones sobre los contenidos de las materias y asignaturas que integraban los programas de estudio, sino con el amor que demostraban por su profesión, la dedicación, motivación y entusiasmo que reflejaban en el cumplimiento de su labor docente. El comportamiento hacia sus alumnos, el trato hacia nosotros, su puntualidad, tono de voz, las maneras de responder a las preguntas "necias" y de atender situaciones de indisciplina, actitud corporal y hasta la forma de vestir y arreglar su cabello, son cosas que recuerdo de la mayoría de ellos. En algunos casos, estos elementos despertaron mi más sincera admiración y deseos de imitación.
Inspiración
Pero, ¿cuántos de nuestros educadores son conscientes del papel tan importante que ocupan en la vida de sus alumnos? Sin duda supone un privilegio para los docentes, especialmente de educación primaria, tener la posibilidad de crear con sus alumnos un vínculo inspirador capaz de orientar, reforzar y sacar lo mejor de cada uno de ellos.
Este privilegio, no obstante, conlleva una enorme responsabilidad porque las actuaciones de los docentes, dentro y fuera del salón de clases, son un referente para sus estudiantes. ¡Cuán importante posición es la de los maestros!
Creo que algunos de mis maestros de primaria consideraban que su trabajo consistía en "enseñar la lección" (aunque en principio la labor docente fundamentalmente debe interesarse en que los alumnos aprendan) y perdieron de vista que los alumnos perciben lo que hacen y dicen sus maestros y tienden a imitarlos. Felizmente para mí, estos fueron la minoría.
El aprendizaje infantil comienza con la observación. Esta es la primera técnica que empleamos para aprender. Primero vemos lo que hacen nuestros padres y aprendemos de ellos las mismas conductas que reproduciremos en el futuro, después, cuando nuestros padres nos envían a la escuela, observamos lo que nos rodea y aprendemos de ello.
Es aquí cuando, nos guste o no, los educadores se convierten en modelos para sus alumnos.
Por esta razón, la labor docente debe ejercerse con la mayor responsabilidad y cuidado, a fin de favorecer en los estudiantes, no solamente el pleno desarrollo de sus capacidades, habilidades y destrezas, sino también la formación y desarrollo de los más elevados valores éticos, hábitos y conductas saludables.
La influencia ejercida por los docentes en sus alumnos es muy amplia. Los alumnos aprenderán más por lo que ven hacer a sus maestros que por lo que ellos les digan que deben hacer. "Un buen ejemplo vale más que mil palabras".
Refiriéndose a la influencia, la escritora estadounidense Ellen G. White en su libro "Mensaje para los Jóvenes" señala que "nuestras palabras, nuestros actos, nuestro vestido, nuestra conducta, hasta la expresión de nuestro rostro, tienen influencia. De la impresión así hecha dependen resultados para bien o para mal, que ningún hombre puede medir".
En el contexto educativo, en la relación maestro-alumno, creo que estas palabras adquieren un especial significado. No es suficiente presentarse a trabajar todos los días, cumplir con el horario y seguir el programa de estudio. Los maestros no solo dan clases... dan mucho más.
Siento profundo pesar por los maestros que creen que su responsabilidad se agota en el tablero y el aula o cuando suena el timbre de salida. Estos, o serán borrados de las memorias de sus alumnos, o solo serán recordados con fastidio, desazón o rencor por ser responsables de acabar con la ilusión y obstaculizar los caminos al conocimiento.
El maestro es vida, amigo, padre, madre, confidente, modelo y guía. Es sabio, crítico, inconforme, justo, prudente y solidario, canta, juega y sonríe, nunca pierde la calma y siempre tiene una palabra amable, pero sobre todo comprende que "un maestro afecta a la eternidad, porque nunca sabe hasta dónde llegará su influencia" (Henry B. Adams).
Me resulta difícil encontrar una misión más hermosa que la que emprendieron nuestros educadores este 29 de febrero. Ojalá cada uno comprenda su plena responsabilidad concerniente a la influencia que ejerce sobre los estudiantes y tome conciencia de la relevancia de su papel como modelo para ellos.