Doctrina: La verdadera democracia
En mi transitar por la vida, especialmente en el contexto del conocimiento y análisis de lo socio-político, he redescubierto que “todos cometen errores” y “nadie está libre de pecados como para ser el primero en lanzar la primera piedra”, sin menoscabo de los giros propios de la evolución, desarrollo e integración local, regional e internacional. La cultura panameña, lo que incluye la política partidista, que no cabe duda posee muchas tradiciones y riquezas, es muy inestable, porque es el resultado de los sincretismos sobrevinientes de los contactos entre personas de diferentes valores, ideologías, creencias, intereses y religiones que interactúan o se confrontan en nuestro terruño.
Incontables generaciones han defendido a la democracia como el mejor sistema de gobierno, desde el año 1903, en que Panamá adquiere su condición de Estado libre y soberano, aunque supeditado a la vigilancia e intervención de los Estados Unidos de América y otras potencias mundiales; sin embargo, los logros obtenidos no han sido suficientes. La democracia se ha vuelto una utopía, primordialmente por las distorsiones ideológicas, ya que muchos creen que la política es la satisfacción de los intereses de los que ostentan el poder y sus simpatizantes, dándole poca o ninguna importancia a instituciones o prácticas saludables, como, por ejemplo, las consultas populares y las revocatorias de mandato.
No entiendo mucho aquello de buscar el poder por medio de las alianzas, porque muchas veces se trata del reflejo de los intereses creados, por más nobles que sean o parezcan, por lo que no es tan cierto que lo que se haga o lo que no salga bien sean meros gazapos. Para muchos, las calumnias, injurias, chismes, dobles sentidos y doble moral son métodos para atacar a los rivales políticos, o para mantenerse en el poder o llegar a este. Es imprescindible que releamos y apliquemos las teorías expuestas por los líderes y escritores de todos los tiempos, así como también las experiencias nuestras y de otras naciones en materia, no solo de democracia, sino también de derechos humanos, paz y valores.
Una verdadera democracia debe estar edificada sobre la soberanía popular, que reconoce que todos los ciudadanos son la máxima autoridad del Estado; la libertad, que es el derecho de cada persona a tener su propia identidad y de decidir sobre sus actos, siempre y cuando sus pretensiones no sean contrarias a la ley, la moral y las buenas costumbres; la igualdad, que garantiza que todos los ciudadanos deben tener las mismas oportunidades y deberes; la solidaridad, que consiste en que las personas vulnerables tengan oportunidades especiales para integrarse adecuadamente a la sociedad, y la transparencia en la gestión pública, que genere confianza en las actuaciones de los servidores públicos.
Además, es necesario que la nación panameña, en aras de procurar su permanencia y continuidad política, adopte nuevos estilos de vida, porque el grado de deterioro, decadencia y corrupción social, de acuerdo a las encuestas, estadísticas e indicadores sociales, son más que alarmantes. La verdadera democracia es que todos los habitantes (fíjese que dije habitantes y no tan solamente ciudadanos) sean tomados en cuenta y que les sean resueltas sus necesidades básicas, y no se les discrimine, ni tampoco consiste en que una persona y sus simpatizantes gobiernen el país.
La verdadera democracia es que el pueblo, mediante una Comisión Nacional, tomen privativamente decisiones (y no solamente en virtud de los procesos eleccionarios) tales como la escogencia (y destitución) de los magistrados de la Corte Suprema, magistrados del Tribunal Electoral, magistrados del Tribunal de Cuentas, contralor general de la República, procuradores, defensor del pueblo, fiscal general electoral, los directores o administradores de instituciones rectoras de recursos naturales y, en general, a cualquier funcionario con mando, competencia o jurisdicción en dos o más provincias o comarcas.
La democracia verdadera es algo más serio, profundo y sublime de lo que la clase política (y desgraciadamente una gran cantidad de electores) aún no ha podido ni ha querido entender, y no es una disputa de simpatías al mejor (o peor) estilo de los Carnavales, de los certámenes de belleza y del mercadeo de bienes y servicios.
La verdadera democracia no es que “las mayorías” avasallen irracional, dictatorial, tiránica y despóticamente a las minorías, ni que ciertas cúpulas impongan sus criterios. Hay que deponer prejuicios y malas actitudes, para construir y reconstruir un sistema de gobierno en el que todos estemos persuadidos acerca de la necesidad y la importancia de la democracia, y que, en consecuencia, respetemos las instituciones que sustentan a y emergen de este sistema.