Dos mundos y una sola nación
La historia nos habla con frecuencia del día 4 de julio de 1776, como la independencia de Estados Unidos de América; pero a menudo se pasa por alto que todo el peso de esa decisión recayó sobre los hombros de 56 valientes que lo arriesgaron todo para darle curso a una nación. Con frecuencia, las decisiones que han inclinado la balanza en beneficio de la humanidad han descansado sobre algunos pocos, especialmente cuando ese grupo se ve asediado por la amenaza de grandes tragedias y la posible pérdida de sus propias vidas. Así fue como nació la chispa de esa gran nación. Hoy no se rinde tributo a esos 56 valientes, y más crédito se ha llevado Tomas Jefferson, como miembro de la comisión redactora del Acta de Independencia, que el propio Samuel Adams, sin cuya valiosa iniciativa no se hubiera gestado ese acto transcendental de rompimiento definitivo de los lazos políticos y el nacimiento de una nueva nación. Para beneficio de la propia humanidad, debemos recordar por siempre las palabras de Adams ante las promesas de soborno o la amenaza de una horca expedita enviadas a su persona por el monarca Enrique VIII cuatro años antes de la independencia: “(…) confío desde hace mucho tiempo estar en paz con el Rey de Reyes. Ninguna consideración personal me inducirá a abandonar la justa causa de mi país”. Había, pues, una unidad clara de propósitos como nación.
No hay duda; una casa dividida no puede subsistir. ¿Cuál será la causa justa de nuestro país? No es acaso la necesidad de buscar su desarrollo de manera unificada; de lograr que la nación entera camine sin quedar atrás; que algunos dejen de arrastrarse como sombras detrás de algunos pocos que son los que más brillan. Unidad de propósito nos falta como nación. En vez de estar unidos, hemos sido separados por nuestro canal. Un Panamá de allá y un Panamá de acá. Un Panamá medianamente floreciente a lo largo de la ruta de la interamericana; y un Panamá de muy escaso desarrollo en casi todas las riberas del océano atlántico. Una nación en la que coexisten –sin ningún viso de vergüenza- el bote propulsado a toda máquina y la piragua humilde que hace agua a cada paso. Dos mundos y una sola nación. Carecemos, pues, de ese principio que nos unifica, que impulsa a tomar aquellas decisiones que sean trascendentales para las generaciones venideras. ¿Cómo tomarlas? ¿Para los panameños que están antes del puente o para los panameños que están después del puente? ¿Para los obreros de la capital o para los obreros de nuestro interior? ¿Para los estudiantes de ahora, sin pensar en los profesionales del mañana? Todo aquí, socialmente, nos llama a la división; todo nos dispersa en forma cultural. El diálogo en la clase pública se torna siempre en discusión feroz, y la discusión feroz en el eco de divisionismo que se dispersa como fuego a lo largo y ancho de nuestra nación.
La unidad de los propósitos queda relegada a los quinquenios; y el propósito reducido a una gestión. La continuidad, el desprendimiento, la visión de futuro no puede ser concebida por aquellos que se resisten a creer que para entonces no serán protagonistas de las fotos. Esa ansia de protagonismo salvaje, encarnizado, se ha hecho endémico en nuestro país. Tal vez, solo tal vez, debemos apegarnos nuevamente a los principios básicos dispersos y enseñados, sorprendentemente, por la mayoría de las religiones y los cultos relevantes de la humanidad y entre las cuales se hace familiar para nosotros la regla de oro: “no hagas a otros lo que no quieras para ti mismo”. Ya que no encontramos en este momento salvaciones colectivas, tal vez sea hora de buscarlas de manera personal, beneficiando así de esa manera a todos los demás.
Abogado