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Economía mundial: Llegan vientos helados desde Davos


Como toda crisis, la que aqueja hoy a la economía mundial ofrece una excelente oportunidad para usar intensivamente la memoria y la imaginación. Quizás esto sea todo lo que puede decirse en favor de un estado de cosas que, para no pocos apocalípticos ilustrados de última hora, parece prenunciar la depresión más profunda que el mundo ha conocido en las pasadas ocho décadas.

El valor de las especulaciones que hoy se lee sobre la crisis es relativo, porque a pesar de que lleva más de tres años de desarrollo, nadie parece haber superado la etapa de la reacción histérica frente a las malas nuevas. Lo planteado recientemente en Davos es un ejemplo claro de la confusión imperante. Hace apenas un año, tanto el Fondo Monetario Internacional como las demás instituciones técnicas financieras decían que no había nada que temer, y en la reunión del año pasado aseguraron que una repetición de la burbuja inmobiliaria del 2008 era imposible y que las reservas de divisas duras en Europa la ponían a salvo de cualquier riesgo serio.

Europa amaga hoy con disolverse en el caos, no sólo económico, sino político y social, y el destino del euro es uno de los síntomas más evidentes de ese riesgo. Y aunque el FMI muestra una increíble resistencia a siquiera sonrojarse frente a los resultados de la realidad, lo cierto es que todo el discurso del FMI está asediado por el fantasma de la ineficiencia y aun hasta por el fraude intelectual que el planeta ha digerido en los últimos años.

La actual cúpula de presidentes y ministros de finanzas del mundo es una de escasa capacidad, si uno se esfuerza por tener una perspectiva histórica. Por primera vez en lo que va del nuevo milenio, se cuestiona el argumento fundamental que la única libertad que merece preservarse es la del capital y que sólo ésta garantiza finalmente la humana. Puesto así hiede a absurdo, pero esta visión ha sido la sustancia misma del pensamiento hegemónico sobre el mercado irrestricto que la sociedad mundial ha digerido en el pasado reciente. Es interesante notar que son los mismos voceros de ese discurso los que ahora sugieren que quizá haya que dedicarse a pensar lo impensable.

La libertad sin fronteras del dinero no está atravesando su hora más gloriosa. El semanario británico The Economist , una de las voces más sólidas de aquel pensamiento hegemónico, reconoció en una de sus últimas ediciones que es preciso realizar mucho pensamiento duro sobre el sistema financiero internacional y, aun más importante, sobre los sistemas domésticos financieros de las economías emergentes que deseen preservarse del mercado global de capitales. Aunque el editorial intenta reducir la responsabilidad de los especuladores internacionales en la crisis, verifica que existió una manifiesta incapacidad en la supervisión de las finanzas domésticas, privadas y públicas por parte de los gobiernos que hoy intentan sobrevivir al marasmo.

Puede parecer una tibia y, sobre todo, cauta reivindicación de la regulación, pero en las páginas de The Economist adquiere casi el valor de un manifiesto. La misma revisión de verdades hasta ahora dogmáticas se puede hallar en muchos lugares. Paul Krugman llegó casi a recomendar, en las páginas de The New York Times, volver a coquetear con la inflación para evitar que la crisis afecte la economía norteamericana. Esta es, según el economista, la última valla de resistencia a una depresión internacional. La recomendación de Krugman era técnica y por eso la Reserva Federal norteamericana abandonó la pasión por la restricción crediticia y redujo sus tasas de interés aun a riesgo de recalentar la economía.

La sugerencia no es demasiado imaginativa. Después del colapso de mercados de 1987, la Reserva redujo la tasa en menos de un punto sólo para volverla a subir tres puntos un año después. Pero más que esperar la sabiduría instantánea de los expertos, habría que notar que están pensando en una dirección distinta por primera vez en años y que esto abre objetivamente el margen del debate para todos.

Empresario.