Educación, certificación ceremonial o real
Quien se ha dedicado por algún tiempo a la educación está prácticamente acostumbrado a las permanentes y sucesivas innovaciones en los conceptos vinculados a su desarrollo y administración. Se trata, por decir lo menos, de un ámbito en que uno termina por percibir que los paradigmas tienen una vida relativamente efímera. De la más reciente cosecha de estos conceptos se destacan algunos, tales como la educación por competencias, la pertinencia, la empleabilidad y la idea de la acreditación.
Este último concepto proviene en realidad de una rama poco conocida de la economía llamada por los especialistas Economía de la Información. La cual, entre otras cosas, estudia el llamado fenómeno de la señalización, en el cual el agente, consciente de que opera en un medio de información asimétrica y de incertidumbre, emite una señal hacia el principal, con el fin de mostrarle la calidad de su mercancía o servicios. La entrega de garantías para los productos, el uso de marcas, publicidad favorable, la forma sólida en que se construyen los locales que albergan los bancos, así como las certificaciones por parte de los pares, son expresiones de este hecho.
Teniendo esto en cuenta, es conveniente destacar que la validez de la acreditación depende de la naturaleza y la calidad de la señal emitida. Es así que, en primer lugar, cabe una importante pregunta: ¿qué se está acreditando? El peligro está aquí, sobre todo en el campo de las ciencias sociales, en que no se trate tanto de garantizar la calidad científica de la educación, sino la adecuación de la misma a los intereses de la reproducción del sistema socioeconómico vigente. Se trata de un peligro que se hace inminente cuando todo el proceso está dominado por un organismo político como lo es el Ministerio de Educación.
Un segundo problema está dado por la propia calidad de la señal. En este caso, a nuestro juicio, los procesos de certificación, desgraciadamente, apuntan más hacia la formalidad que hacia el contenido real de los procesos. Así, por ejemplo, el hecho de que los docentes puedan recitar al pie de la letra la misión y la visión de su facultad, o que lleven en su maletín el plan de estudio formal de la materia, o que las facultades estén decoradas con murales referentes a la certificación, no asegura para nada la calidad científica de los procesos educativos y de investigación. El hecho, otra vez por ejemplo, de que la última revista científica con que cuenta una facultad sea de la década de los ochenta del siglo pasado sí que es un hecho pertinente.
Estamos nuevamente frente al mismo dilema: o entendemos que la educación es un vehículo fundamental para el desarrollo humano integral, o esta se sigue desarrollando como un mecanismo para asegurar las crecientes ganancias de los sectores dominantes. Todo educador que conciba la educación como una noble tarea guiada al bienestar de nuestra nación deberá comprometerse con la educación como práctica de la libertad, no con una acreditación que resulta ser ceremonial, vacía y sesgada.
Economista
