Educación e identidad
Entre las más notables publicaciones recientes en la esferas de las ciencias sociales se destaca, sin lugar a dudas, el nuevo libro del premio Nobel de Economía, George Ackerlof, titulado Economía de la Identidad. Esta investigación, realizada en colaboración con Rachel Kranton, presenta un novedoso enfoque del análisis económico. El mismo intenta, alejándose de los cánones de la economía neoclásica y su indiferencia en relación a la matriz de las relaciones sociales, darle un importante lugar en el razonamiento a las normas de comportamientos que surgen del contexto social, las cuales son internalizadas por los agentes económicos, hacen parte de la identidad que adoptan y se expresan en su forma de conducta. El esfuerzo de Ackerlof y Kranton, que en alguna medida recuerda al enfoque del institucionalismo clásico, va más allá del desarrollo de una propuesta metodológica de investigación, sino que el mismo también intenta mostrar su efectividad a nivel práctico. Consecuentemente los autores destinan una buena parte de su libro a aplicar su hipótesis a diversos campos del quehacer social.
Es así que el sexto capítulo de la obra que ahora comentamos toma el título de “Identidad y la Economía de la Educación”. En este se introduce y valida la hipótesis según la cual los resultados del proceso educativo precisan para ser exitosos de una alta coincidencia en la identidad que adoptan los diversos componentes de la comunidad educativa, es decir de los estudiantes, profesores, padres de familia y administrativos. Cuando falla dicha identidad básica, entonces tienden a aparecer normas de comportamiento contradictorias entre estos agentes sociales, la cual termina anulando o, por lo menos reduciendo significativamente, el rendimiento del esfuerzo educativo, lo que se expresa, entre otras cosas, en la baja calidad de la educación y la creciente tendencia hacia la deserción escolar.
Si se tiene cuenta lo anterior se puede descubrir una importante falla en la forma en que la actual administración del Ministerio de Educación ha venido abordando el problema de la transformación curricular. En efecto, el intento de eliminar materias tales como “Relaciones de Panamá con los Estados Unidos”, que tiende a excluir de la enseñanza las más importantes luchas colectivas del país, no puede menos que concebirse como un intento de socavar una de las bases fundamentales de la identidad nacional, lo que más allá de constituirse de por si en un acto antinacional, representa el debilitamiento de una de las premisas fundamentales de un proceso educativo exitoso. Este tentativa de borrar parte de la memoria colectiva del país no puede ser entendido como un simple error en el diseño curricular, el mismo constituye un esfuerzo por constituir un pueblo sin historia, carente de voluntad y sumiso a los intereses de la clase dorada que hoy controla al país. Se trata de una clara estrategia de dominación que resulta coherente con el modelo vigente de concentración de los ingresos y la riqueza. Se trata, por tanto, de un proyecto que debe ser frenado, revertido y remplazado por un nuevo proyecto educativo que pueda ser calificado de nacional, popular y científico.
