default

Educación para la posteridad


Fermín Agudo Atencio / Escritor (opinion@epasa.com) / -

La educación reúne los destellos irradiados por el faro de los conocimientos que guían nuestros actos, haciéndolo palpitar en la fastuosa misión de recibir las experiencias orientadas a la percepción del sujeto en la adaptación metódica, acoplándose con eficiencia a la vida posterior. Y somos sorprendidos por el ardoroso semblante en el horizonte asomado, propuesto a rasgar la oscuridad en el oriente, salvando la llegada de un nuevo día, bajo el dominio de la alborada de resplandores fulgurantes, ofreciendo a cada uno de nosotros las alhajas hechas ideas, tendientes a influir en la personalidad, inclinados ya los proyectos modificativos que harán del individuo las futuras promesas de la sociedad, albergando los conceptos transformadores tendientes a obtener el nuevo ejemplar contributivo en el quehacer nacional. Este convite efectuado a manera de alianza se realizará sobre el pedestal inconmovible de la acepta conciencia, empeñada en la ardua empresa de cambiar con órdenes radicales la nueva sociedad. Función protagónica de orden positiva que tiende a mostrarnos con evidencias las óptimas consecuencias derivadas del trabajo responsable con la respectiva cosecha consagrada, lucrativa compenetración, preocupada en la misión de concadenar el nuevo producto codiciado con la curiosa verdad objetiva. Estos inabarcables desvelos y obsesiones son pertenencias del entrañable educador que convertirá el futuro en presente, entregado en cuerpo y alma a la acuciosa labor inmensurable. Estudiar, conjunto universo que en su fondo cautela las ambiciones del ser humano en este paraíso terrenal que, en abierta forma nos brinda lo conocido y desconocido, cuya apremiante búsqueda compromete la perpetuidad, estimulando el incesante deseo de escudriñar el dominio de la verdad. Uno de sus atributos sobresalientes de estricta pureza es su calidad, paradigma impelente que se desplaza como alimento reparador, precipitado por el flujo de elementos persuasivos, básicamente avanzados en los cambios estructurales, experimentados en el nuevo mundo contemporáneo. Nuestro sistema educativo debe ser el detector exigente y receptivo, eminentemente acogedor de los imponentes fundamentos del evolutivo universo funcional. Estudiamos para ser cada día mejores competidores en este ambiente dispuesto a capturar las envidiables oportunidades que son ofrecidas por la excelencia. La educación es el motor que inquieta la fisiología humana, detentando su escenario de entrada en los órganos perceptivos que transmutan las oscuridades sociales en claridades, interactuando justamente a tiempo en beneficio de los conjuntos sociales con generalidad los desposeídos, despertando el encuentro de una existencia mejor. El pensamiento es un arma de poder que ilustra las adquisiciones del cerebro, contando con las eternas cualidades inseparables: ser sintético, claro, concreto, y ante todo con iluminación. La parte de pequeña estatura en el hombre es la irracional y subjetiva, enteramente relacionada con los sentidos ordinarios de manifestación fenoménicas inmediatas, fuera de toda cavilación juiciosa. El educador debe mantener fuerzas inmarchitables donde la argucia no tenga espacio, pues él tendrá que presionar haciéndola retroceder, usando métricas inductivas, persuadiendo la conducta desviada, abyecta y deleznable, aconsejadas por la soberbia de un hogar sin restricciones, procurando ganar espacio en el trabajo degradante, amén de la renuncia asistencial de los niños y adolescentes al instituto escolar. Todo lo indicado promulga la marcha acelerada e irrestricta del desorden pernicioso, presencia de elementos disuasivos que trastocan el elogioso fundamento del trabajo útil y lucrativo. Lo más sensible y contable en un país es su sistema educativo, aliado a él, se resuelven las obras portentas, servidoras de las prolíficas magnificencias. Estudiar en el pasado era el afán sin tregua, aliado de las lucientes cualidades, el respeto, cóndor que levantó su vuelo iracundo hacia las cimas encumbradas de los silentes parajes de la inmortalidad. La época pasada nos profesó la anuencia de indagar en el fondo del tabernáculo, el poder de desentrañar las tinieblas, ofertándonos la potestad de ser los arquitectos de la nueva república. Y digo esto, porque los hombres famosos de hoy pasaron por nuestras manos consagradas, en claros ofrecimientos solícitos, abriendo todos los caudales del pensamiento ilustrado, oferente del mérito ¡Ese fue nuestro galardón, también la presea! Corona ostentosa que irradia aun el éxito oficioso, ya un tanto mermado por el transcurrir el tiempo. Educar es un afán sin cesación, donde proscribe el descanso, expuestos a la proximidad de los ensayos, aupados de los peligros inminentes de los furores abrigados, por la superstición y de la envidia que roe. Debemos tener presentes que en todas las etapas de la vida, las maldades atisban, pretendiendo propinar el golpe de gracia a la novel y delicada personalidad del niño y adolescente, periodo emotivo acepto a las corrientes maquiavélicas de mostrados desequilibrios anímicos. Son las nefandas experiencias obsesivas las que poseen la impresión de podernos lastimar las abarcadoras destrezas del inquieto corazón.

Edición Impresa

Viernes 14 de agosto de 2026