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Educación por competencia o educación para la transformación


Juan Jované (opinion@epasa.com) / Economista.

Entre los problemas que por su importancia ameritan una profunda discusión nacional se destaca el tema de la educación. Se trata de un asunto de múltiples aristas, cuyo análisis, sin embargo, solo tiene sentido si primero se tiene claro el principio fundamental sobre el que se busca sostener y desarrollar el proceso educativo y sus instituciones. Esto último, a su vez, está íntimamente ligado con la visión que se tenga de la vinculación entre la educación y el resto de la estructura social.

Siguiendo el llamado principio de la correspondencia, introducido en la literatura por Samuel Bowles y Herbert Gintis, se puede destacar que para los sectores dominantes, la educación constituye un proceso destinado a asegurar la reproducción del sistema social vigente, con todo lo que el mismo significa en términos de asimetrías y carencias de justicia social. En este enfoque, cualquier desviación de esta función es considerada como una anomalía que debe ser corregida de manera urgente.

Se destaca así la importancia del criterio de la “empleabilidad”, que se guía a asegurar que el mercado de trabajo cuente con una suficiente fuerza de trabajo barata y formada no más allá de las necesidades de generar ganancias y acumulación de capital. La educación se reduce en la práctica al simple entrenamiento. A esto se suma el enfoque, ahora muy difundido, de las competencias. Este, postulado bajo el disfraz de un discurso científico y democrático, no solo busca adecuar la fuerza de trabajo a las necesidades del mercado, sino que, además, está destinado a someter a los futuros trabajadores a una cultura de dominación y expoliación. Es en este marco, en que el objetivo es un ser humano dócil y sumiso, que el proceso educativo se asimila a la producción para el mercado. Aquí la metáfora que sirve de guía para la acción es clara: las escuelas son negocios, sus administradores gerentes y capataces, los educadores son trabajadores asalariados y los estudiantes el producto mercancía. Se trata, entre otras cosas, de un régimen en que el castigo disciplinario, que no admite ni creatividad ni rebeldía frente al sistema, hace parte integral del enfoque.

Más allá del mundo de las competencias para el mercado y de las acreditaciones formales, existe la posibilidad de una verdadera educación humana, creativa y dinámica, destinada al enriquecimiento de los seres humanos y su sociedad. Esta parte de la idea básica de que la educación, como derecho humano inalienable, está al servicio del desarrollo integral de todos los hombres y mujeres que componen la sociedad. Esto es lo que Pablo Freire llamó la educación como práctica de la libertad. En esta la búsqueda de la actividad creativa, la solidaridad y el conocimiento científico le abren las puertas a una profunda transformación social guiada hacia el desarrollo humano integral con pleno respeto a la naturaleza y a los principios de la justicia social. Vista así, la educación es un hermoso ideal democrático por el cual vale la pena luchar.

Economista.