Educación y cultura relativa
Mucho interés ha cobrado en los últimos días, en distintos programas de opinión, el tema relacionado con las eventuales causas de la crisis en la educación panameña. Mucho se ha citado un libro en que el autor censura, de nuestros sistemas, el número de días o de horas que durante el año académico o escolar nuestros niños y jóvenes pasan en las escuelas. Así pues, se comparan los años escolares –en número de días que se asiste a la escuela durante el año- con países como Japón, Argentina, Chile y otros, pero se censura, por parte de los referentes panameños, que nuestros hijos pierden demasiado tiempo.
Coincidimos en que el ocio es dañino, no solamente para la educación e instrucción de nuestros niños y jóvenes, sino para todo ser humano. El ocio es terreno fecundo para que germine el mal, la tentación sin límites y es, al mismo tiempo, caldo de cultivo para que prohíjen las malas ideas, los planes delictivos y criminales. Una vida ociosa, peor si se trata de mentes y espíritus en formación, es como una planta que crece sin nutrientes, sin abono. Así, ésta crece débil, fláccida, amarillenta, se queda enana, raquítica, y sus frutos, cuando asoman en sus ramas, son realmente pequeños, pantomimas de auténticos frutos.
Sin embargo, no acuerpo la idea de que más días en las aulas o más número de horas, es la solución. Cierto que los niños y los muchachos en Japón, por poco, viven en las escuelas. Esto significa menos vida familiar, menos contacto espiritual y moral con los valores a los que los padres estamos llamados a inculcar y sembrar en nuestros hijos. También hay que decir que la ola de suicidios en ese país, Japón, es realmente asombrosa, impresionante. Un sistema educativo no puede concebir al niño como un recipiendario único de conocimientos. Hay que poner la base: valores espirituales, morales, familiares, y establecer una impronta de amor y cariño en ellos.
No se quieren profesionales robotizados, mentes propias de autómatas que si se les toca un determinado tema se acciona toda una estructura memorística que de inmediato da la respuesta. No, no queremos que se pierda la naturaleza real y única del ser humano: maravillosa creación de Dios para enseñorear y cuidar su creación.
El sistema educativo no puede resolverlo todo. Indiscutiblemente, hay que reforzarlo. Pero no podemos pensar que les entregamos a nuestros hijos a los maestros para que nos devuelvan exclusivamente “mentes brillantes”. Tal vez, puede ser. Pero cuando los observamos, advertimos a muchachos fríos, vacíos, con una terrible superficialidad por las cosas de la vida que realmente valen y sirven. La Familia, como célula principal de la sociedad, debe cumplir con sus principales funciones: proteger, enseñar, recrear, cuidar, instruir, educar, en fin.
Más a las actividades extracurriculares, más actividades deportivas, más recreación sana. Abajo todo lo que daña a nuestros muchachos y que ha hecho de ellos una especie de grupo aparte de nuestra sociedad: La Cultura Relativa.
