Educación y liberación, contraste
Frente a los problemas de la educación, tal como ocurre en prácticamente cualquier ámbito de los problemas sociales, existen dos visiones claramente diferenciadas. Una de ellas, la impulsada por el Ministerio de Educación, ve en la educación un instrumento para reproducir de manera ampliada el actual sistema, entendiendo que quienes provienen de los estratos dominantes deben ser preparados para mantener y profundizar su papel dominante, mientras que las grandes mayorías deben ser convertidas en una fuerza de trabajo barata, con algunas competencias útiles a la producción de ganancias, así como dócil, carente de voluntad para el cambio y sumisa frente a la autoridad. Para esto, como lo han destacado Bowles y Gintis en su tesis de la correspondencia, la escuela debe convertirse en una simple réplica de la estructura de opresión existente en la sociedad.
En la segunda visión, siguiendo las ideas de Paulo Freire, la educación se concibe como una práctica liberadora, esto es como una parte fundamental del esfuerzo por construir una sociedad en la que todos los hombres y mujeres logren el más alto desarrollo posible de sus potencialidades humanas. En este contexto se entiende que el estudiante es el sujeto principal de la ecuación, de manera que se rompe el viejo molde que impone una barrera infranqueable entre quien educa y quien es educado, dando paso a un colectivo que de forma sistemática se mueve en la senda de la promoción del conocimiento, el desarrollo humano sostenible y la transformación social. Aquí la verdad deja de ser un concepto estático, adherido a una autoridad que se considera incontestable e infalible, para convertirse en el resultado de la investigación, la experimentación y de la acción transformadora, en la que reflexión y praxis constituyen una unidad.
Se trata de una educación crítica que renuncia al modelo individualista y oportunista que promueve la educación tradicional al servicio del sistema concentrante y excluyente, alentando los valores del compromiso y la solidaridad humana. Por esto se expresa en una acción humana liberadora, capaz de hacer una crítica profunda y certera a las estructuras injustas e inequitativas que hoy caracterizan a nuestra sociedad, a la vez que promueve la construcción de una sociedad plenamente democrática, basada en la justicia social, que pueda ser definida como la asociación de los hombres y las mujeres libres. Esta, para cumplir sus fines, deberá desarrollar entre los estudiantes la capacidad de tomar conciencia de la situación existente y establecerse como elementos activos de la sociedad, que, como tales, se preparan para ejercer el poder ciudadano y participar en la solución de los problemas de sus comunidades.
La lucha por la educación liberadora resulta un deber ineludible no solo para quienes hemos dedicado la vida a la empresa educativa, sino para todo aquel que sea capaz de soñar con un mundo distinto en el que el hombre sea hermano y no lobo del hombre. Para eso debemos no solo resistir los planes deshumanizantes de la actual autoridad de educación, sino promover una visión alternativa para la transformación educativa.