Educación y sociedad
“La verdadera riqueza de las naciones es su gente” (PNUD:
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo).
Creo que nunca se ha abordado el tema educativo con tanto afán como en la actualidad. Cada país adopta su propio programa pedagógico, pero autores analizan esto con criterios políticos y económicos. Citan estadísticas de países asiáticos cuyo crecimiento económico se correlaciona con su avance tecnológico, pero ignoran otros aspectos del desarrollo humano en esas sociedades. También critican el énfasis que en América Latina se hace en la enseñanza de disciplinas humanísticas. Como si la ciencia y la tecnología no tuvieran un pasado que alimente su progreso, o como si la historia no fuera una forma de prevenirnos sobre los males del futuro.
Es tan peligroso crear filósofos, historiadores y psicólogos desinteresados en la ciencia, como formar científicos que no sepan quiénes son o a dónde van.
La negación del pasado y el desprecio por el conocimiento humanístico es producto de la miopía mercantilista de la cultura de nuestro tiempo. Una cultura que educa para tener más y no para ser mejor. Entender el progreso social como el éxito económico, sin tener en cuenta los demás valores culturales, es desvirtuar el objetivo esencial de la educación, que es lograr un ser humano superior.
Los países con gran desarrollo económico y científico no necesariamente tienen un Índice de Desarrollo Humano (IDH) mayor que otros. Según el PNUD, Noruega es el país con mayor desarrollo humano del mundo, le siguen Australia y Nueva Zelandia. El IDH contempla no sólo el PBI, sino el acceso a educación y salud, la desigualdad social y de género y el índice de pobreza multidimensional. No sorprende, pues, que haya países ricos con pobre desarrollo humano. En EE.UU cerca del 15% de la población carece de cobertura médica. Su sistema educativo está en crisis.
Como la Historia nos enseña, el mal uso del conocimiento científico en sociedades que ignoraron su pasado o desconocieron la personalidad psicopática de sus dirigentes e intelectuales, terminaron en tiranías y genocidios. Si los valores culturales de la sociedad no progresan en armonía con su desarrollo económico, es inútil pretender el éxito de cualquier sistema educativo. El éxito o el fracaso de la educación depende más de los valores humanos de la sociedad que de las teorías pedagógicas. Una sociedad de escasa cultura, con débil capacidad autocrítica y que ignora su pasado, no puede aspirar a una educación fructífera.
