Educar es comunicar en la verdad
En primer lugar, hemos de comenzar señalando que el acto educativo es un acto de conciencia, es decir, el acto en que dos o más personas conocen juntamente, y porque conocen juntamente, comunican. ¿Qué conocen juntamente? Es evidente que aquí reside todo el sentido y la misma realidad del acto educativo: si no hubiera nada que conocer, y si incluso todo estuviera conocido, nada habría que comunicar, el acto educativo sería imposible y todo hombre permanecería cerrado en sí mismo, vacío de contenido.
El hombre contemporáneo poco comunica, tiende a circunscribirse a un monólogo absurdo, porque una vez que ha decidido establecer únicamente relaciones superficiales con sus semejantes, ignorar valores morales, dar la espalda a la cultura y aislarse del mundo espiritual, irremediablemente vive disipándose en la superficie de su humanidad exterior, donde habitan las habladurías, la pereza, la estrechez de miras, la vanidad y la banalidad, o abismándose en el fondo turbio del subsuelo de su humanidad exterior, poblado de bajas pasiones, vicios, y placeres efímeros y degradantes, en uno u otro caso se ha desarraigado de las acciones y conocimientos que conducen a las abstracciones luminosas en que el espíritu fecunda el alma, impregnándola de impulsos creativos que resultan en el engrandecimiento del propio ser, así como de toda la humanidad.
SOLO CUANDO SON EXPRESIÓN AUTÉNTICA DE VERDAD, LAS PALABRAS LOGRAN SUSCITAR LA VERDAD, ES DECIR, PENETRAR LOS ESPÍRITUS, LOGRAR VIBRAR EN LA ÍNTIMA PROFUNDIDAD DEL CORAZÓN HUMANO...
Así, pues, volviendo al principio, ¿cuál debe ser el objeto de toda comunicación? No hay más que una respuesta: la transmisión de la verdad, que es nuestra, de cada uno de nosotros, constituyendo lo más íntimo de nuestro interior. En error no existe comunicación real: el error separa, la verdad une; el error mata el pensamiento esclarecedor, la verdad lo alimenta y lo vivifica; el error es obturador de conciencia, la verdad es su apertura. El error destruye en el hombre a la persona, aniquila la bondad porque destruye los tesoros de su fuero interno y porque niega el significado de la libertad: no tiene sentido la libertad del o en el error, solo tiene sentido la libertad de y en la verdad.
Actualmente, demasiados hombres carecen de verdad y, por consiguiente, no logran ser personas íntegras; por esto la escuela requiere educadores, maestros conscientes de la alta misión a la cual están destinados: sembrar semillas de honradez y sinceridad en los corazones de los niños, de manera que germinen en la tierra fértil de sus almas, para que den como frutos los ideales del altruismo, la generosidad, la superación personal y la búsqueda del Ser Supremo.
Solo cuando son expresión auténtica de verdad, las palabras logran suscitar la verdad, es decir, penetrar los espíritus, lograr vibrar en la íntima profundidad del corazón humano; solo entonces la palabra manifiesta toda su potencia creadora de la persona humana porque, al ser recuperada la verdad, se vitaliza la espiritualidad.
Dos hombres que hablan y se entienden, en el momento mismo de su diálogo testimonian que en ellos está presente la verdad. En todo diálogo humano hay un personaje invisible que lo hace posible: la verdad. Si está ausente, el diálogo se rompe en dos absurdos monólogos que se enfrentan y chocan hasta que el uno, en el embrutecimiento del error, venza o elimine al otro.
Por desgracia, hoy día hay poca “educación”, no en el sentido usual de la palabra, sino en el más rico y profundo. La mayoría de los hombres no forma una “comunión” porque carece de comunicación real, es decir, porque no procuran experiencias vivenciales de la verdad. Cada uno de ellos es un aislado, un dogmático, un “lúcido”, raciocinante sin razonamientos ni discursos auténticos. Por esto, actualmente el problema de la educación debe plantearse en su sentido más alto: como encuentro universal de la humanidad en la verdad liberadora.
Por esto, finalmente, la más grande y auténtica misión educativa corresponde a los pueblos de civilización cristiana, junto a la grave responsabilidad de saberla defender y custodiar de los ataques opuestos, pero igualmente destructivos, de la mentalidad anglosajona que concibe la vida como un éxito, deporte o diversión, y de la mentalidad bolchevique que la enfoca como fanatismo, homicida de la “materia”.