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EE.UU. sale de Irak


Estados Unidos ha salido de Irak esta semana. Ha sido el fin de una guerra extraña y con un inventario de consecuencias largo e imprevisible. Tampoco los motivos que la originaron han encontrado aun una explicación satisfactoria. Si nunca existieron las armas de destrucción masiva en que se justificó la acción, en qué denominación se inscribirá la captura y posterior ejecución del dictador Saddam Hussein, la muerte de millares de iraquíes, la destrucción del patrimonio cultural de esa nación y los destrozos a su economía. Si la motivación, por cuestiones de seguridad nacional, era el petróleo y los actos hegemónicos en la región, por qué no se enfocó de esa manera. Son tareas que quedarán a los historiadores, porque las versiones podrán reconstruirse, no así las vidas y el factor de desestabilización internacional que implicó ese acto bélico. La guerra de Irak deja en el ambiente la interrogante sobre qué puede, en determinado momento, desatar un acto de esa envergadura y si existen esfuerzos capaces de detenerlos. Sea como sea el gobierno de Barack Obama asume el mérito de poner fin a una guerra impopular desde sus inicios, y que cobró la vida de miles de jóvenes norteamericanos. Si la misión por la que se acudió a Irak fue el control del petróleo y los temas hegemónicos, se puede pensar que la misión se cumplió. Pero, ¿hasta dónde afectó el liderazgo internacional de Estados Unidos basarlo casi exclusivamente en el uso de la fuerza militar?