Efecto conciliador del papa
Hoy el mundo requiere, como siempre, personas de paz; capaces de desactivar odios y venganzas y de construir un orden social verdaderamente justo. Siento una enorme gratitud hacia el papa Francisco, afanado en proclamar un amor reconciliador, de acercamiento entre unos y otros. Es la armonía, la conciliación, el incentivo de sus gestos y palabras. Naturalmente, en su propio acontecer diario se refleja la pobreza de Cristo. Ahí radica, a mi juicio, el entusiasmo de un hombre coherente con sus acciones. Sus palabras siempre cantan todo lo bello, lo hace a través de la alegría del Evangelio, con la ilusión de injertar horizontes que nos fraternicen, máxime en una sociedad acostumbrada a la exclusión social, a la polarización más indecente y a una desigualdad desvergonzada.
Quizás, ante el aluvión de maldades que generamos cada cual, deberíamos aprender a avergonzarnos más ante nosotros mismos, que ante los demás. Precisamente, cuando el cabeza de la Iglesia católica habla de una revolución de la misericordia, lo que viene a decirnos es que todos tenemos que cambiar en profundidad nuestro corazón para poder identificarnos con el sufrimiento de los demás. Cuántas veces miramos hacia otro lado para no ver a los marginados. Tal vez algún lector piense que lo importante no es lo que haga, o diga, un líder religioso como el papa, sino que es el pueblo, con sus gobernantes, los que han de derribar muros y establecer alianzas.
Por consiguiente, el referente del papa Francisco como servidor del ser humano, nos traslada el compromiso, tan poco usual en estos tiempos que vivimos, en favor del bien colectivo. En cualquier caso, hay algo que nos une a todos, y es el camino de la vida, cada uno con su propia identidad.
Así, también nos alegra que, a la expectativa que genera todos los años la participación de los jefes de Estado en la Asamblea General de Naciones Unidas, la cita política internacional por excelencia, este año se le suma la visita del pontífice y la Cumbre especial para la adopción de la nueva agenda de desarrollo para 2030, en la seguridad de que hasta con su silencio despertará conciencias.
Sin duda, es el guía de la reconciliación del ser humano consigo mismo y con el equilibrio ecológico del orbe, que rechaza con firmeza una mentalidad fundada en la confrontación y la rivalidad; promoviendo, sin embargo, una cultura modelada en lo armónico y en los más nobles valores tradicionales.
Se ha ganado a pulso que se le considere el activista de la cultura del encuentro, de las nuevas oportunidades para la interlocución. Solo así se pueden superar las diferencias, ya que si importante es asegurar una vida digna para todos, así como la salud del planeta para las generaciones futuras, no menos esencial es construir una sociedad de veras tolerante e inclusiva.
Esperamos que este efecto conciliador del pontífice Francisco traiga al mundo la paz que todos ansiamos, sabiendo que el mundo de Dios, ?como dijo este pastor universal, en más de una ocasión?, "es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos, del bien de todos".