El agua, el permafrost panameño
La improvisación en el manejo y preservación de las fuentes de agua, mediante la protección de los bosques, es el común denominador en las políticas latinoamericanas sobre este tema. Los embalses vacíos, el racionamiento energético derivado de ello y el servicio deficiente de agua potable son los síntomas relevantes de una malsana combinación de factores externos e internos.
Hay naciones que aplican con sabiduría lo que nosotros manejamos con ligereza. Por ejemplo, la Confederación Suiza, con la mitad del territorio panameño y el doble de nuestra población, enfrenta preventivamente, a base de políticas de Estado, la principal amenaza que la variabilidad del clima les presenta: el deshielo del permafrost, que es una mezcla de rocas y tierras congeladas que sirve de soporte a carreteras, trenes, teleféricos, hoteles, pueblos y ciudades alpinas. El deshielo del permafrost supone potenciales pérdidas de vidas, divisas y empleos para esta nación. Debido a eso, las autoridades, las instituciones científicas y académicas impulsan la investigación del fenómeno, generan simulaciones de avalanchas, estudian el nuevo ordenamiento territorial, promulgan nuevos códigos de edificación, leyes y escenarios de riesgos.
En Panamá, la principal amenaza de la variabilidad climática es a la disponibilidad del agua en todos sus usos. Pero estamos signados por las paradojas. Apostamos a la energía eléctrica movida por agua y a la vez deforestamos las cuencas de los ríos donde son construidas las hidroeléctricas. Apostamos a la minería a tajo abierto en el corazón de los bosques lluviosos y eliminamos el dosel que permite la recarga subterránea de los ríos; apostamos a la destrucción de humedales y manglares para desarrollos urbanos y eliminamos un mecanismo regulador de inundaciones. Apostamos a la ganadería y a la extracción maderera en Darién y Bocas del Toro y promovemos el turismo verde. Apostamos a la venta de los ríos mediante concesiones lesivas a la nación y supeditamos el bien común al lucro. Así de simple.
Hace más de cuatro décadas el químico atmosférico James Lovelock, investigador del programa espacial norteamericano, concibió al planeta como un único sistema donde sus distintos componentes, vivos y no vivos, se influencian mutuamente. Es la conocida hipótesis Gaia, que visualiza al planeta como una especie de supraorganismo vivo y con regulación propia. En 2006, Lovelock predijo que el cambio climático era irreversible y que había que prepararse para ello. Los hechos parecen darle la razón.