El aislamiento de los gobernantes
El ostracismo, el relegarse de la sombra hacia lo oscuro, el recogimiento natural de las mareas o la hibernación de los mamíferos en madrigueras, tienen todos su lugar y su razón; pero no es esa una tendencia apta y apropiada para aquellos que gobiernan las naciones. Hacer frente a la dura realidad ha sido la característica de aquellos que, como gobernantes, han dejado huella escrita e indeleble de su paso por la historia. “Si hay un infierno, yo me encuentro más allá del mismo”, expresó Lincoln al enfrentarse al hecho de que, bajo el mando del General que él había precisamente designado, habían muerto más de 12,000 soldados de la unión y 10,000 o más confederados, en la sangrienta batalla de Antietam, ocurrida el 17 de septiembre de 1862. Hacer frente a la penosa realidad, por asfixiante que esta sea, ayuda a una nación entera a superar los retos, a subsanarse en las heridas y hacer camino juntos en la procesión de penas o en la marcha firme hacia el progreso y la felicidad. Pero detenerse en medio del inmenso mar de los problemas, navegando un barco que hace aguas, es pronóstico seguro de un naufragio.
Sobre la libertad de prensa y de expresión
Es solo una tendencia humana y natural querer poner bozal a un perro cuando muerde; pero en temas de libertad de prensa y de expresión, ni la opinión pública es un perro, ni los gobernantes son sus amos. Y la verdad, aún molida contra el suelo, renacerá de nuevo, como bien nos enseñó el poeta William Cullen Bryant. En el arte de la tolerancia, bajo el cual han prosperado las naciones, las ideas diversas entran en un gran mercado libre de opiniones y solo las consume aquel que por derecho propio las adopta como suyas. Que no prospere en nuestro suelo, pues, ese temor de hablar, sino más bien la libertad de hacerse cada cual con su opinión y proclamarla, si así quiere. Dejemos atrás aquellos tiempos en los que Galileo Galilei, al obligársele a decir que el mundo sí era el centro de nuestro universo, pudo solamente susurrar la frase célebre “y sin embargo se mueve”, bajo la opresora vista de la Inquisición.
Nuestro ambiente actual
Nuestro ambiente huele como a esos inciensos que cubren los olores fuertes y adormecen nuestras facultades para percibir la realidad de la nación; como el sacrilegio aquel del humo que pretende deshumanizar al fallecido en un velorio, perfumándole su inevitable realidad. Una ola de pretendida santidad, resistente a la vacuna, se ha hecho endémica en algún sector de la nación. Y un complejo de campana reluciente y catedral afecta a algunos que pretenden imponer a ruido su moral a los demás. Dentro de un ambiente fraternal de tolerancia plena, se debe permitir la convivencia de todo pensamiento, y aún más de aquellos credos que no sean afines a los nuestros. Adoptemos, pues, ese el principio santo bajo cual pudieron prosperar en armonía el pueblo y el senado romano: “corresponderá a los dioses ocuparse de las ofensas hechas a los dioses”. Y ocupémonos más bien nosotros, mientras llegue el momento de encontrarnos con la Gran Verdad, solo de las necesidades básicas de nuestra población, sin importar el credo o pensamiento que profese cada cual.
Abogado