El alma y el ego: reconocimiento de errores y defectos
Lo que queremos en el fondo, lo que desea nuestra alma profundamente es estar plena, realizada, iluminada y rebosante de amor. De hecho aspiramos a ver a Dios; a amar con todo el corazón y a llevarnos bien con la gente; a tener una profesión en la que podamos servir mejor a los demás; quisiéramos ser compasivos y mantener una gran armonía interior. No quisiéramos estar enemistados con nadie y compartir lo que somos con otros. De hecho como estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, nuestra alma, en su esencia radiante y pura, quisiera acercarse lo más posible a la perfección.
Zancadillas del ego. Pero el ego, que somos nosotros mismos en situación de ignorancia, nos hace jugadas sucias que nos desligan de nuestras aspiraciones. Por ser esa parte de nosotros resistente a la perfección, busca la manera de hacernos sentir mal cuando otro está triunfando en algo. Y es porque me hace pensar que “yo” valgo más que el otro. El truco es hacer resaltar enormemente una cualidad mía que le falta al que critico. Esa presunción que me hace creer que soy más inteligente, santo, fuerte, poderoso que otros, nos convierte en seres que rechazan, condenan, se mantienen indiferentes y fríos ante los que consideramos “inferiores”. Cuando estamos dominados por nuestro “ego”, no podemos entonces permitir que alguien destaque, triunfe, y buscamos cualquier argumento para dañar la reputación del envidiado.
Un ego inflado. El que esconde sus propias imperfecciones para dar la sensación de superioridad, está siempre a la defensiva, rechazando cualquier crítica y atacando a todo aquel que se atreva a señalarlo en algo. En el fondo atacamos para que no descubran nuestras limitaciones, debilidades o sombras. Las personas que están siempre protestando por todo, que con mal carácter reaccionan ante cualquier nimiedad, y que buscan tener sus “chivos expiatorios”, están erigiendo “muros” para que nadie pueda asomarse y ver sus grandes defectos. Por otro lado, proyectan en otros sus propios defectos y son implacables en sus juicios. El ego inflado, lleno de orgullo cae fácilmente en arrogancia y convierte a la persona en un ser que desprecia y si puede margina, echa fuera, a las personas que considera “imperfectas”.
Pero el alma sufre. Nuestra conciencia profunda, nuestro “yo interior”, el alma, sufre porque en el fondo no desea ser arrogante, presuntuoso, “cascarrabias” y criticón. Dentro de nuestro ser está siempre vivo el deseo, la esperanza de recuperar la inocencia perdida, “el paraíso del cual fuimos expulsados” por nosotros mismos. Sabemos que seguir en esa vorágine emocional y mental nos arruinará la vida, ya que nos irá aislando de Dios y de los demás. Muy dentro de uno hay una sensación de culpa que arrastramos por no ser fieles a nuestra identidad más profunda, y por eso nos vamos amargando la vida y cayendo en frustración. Esta es la conciencia de que algo valioso hemos perdido, de que no ha habido realización personal, de que estamos muy incompletos y por eso se acumulan enojos, mucha irritabilidad.
La frustración conduce a la depresión. La sensación de pérdida de un tiempo valioso en el que el ego se hizo dueño de nuestra vida puede llevarnos a caer en el derrotismo y en la idea de que ya no se puede hacer nada. Se ha arruinado toda una vida. Pero eso no es cierto.
Siempre hay una nueva oportunidad. Es cuestión de pensar en el “resto de nuestra vida”, que en verdad es decisiva. El “buen ladrón” se ganó el cielo reconociendo la divinidad de Cristo y pidiendo su salvación. María Magdalena, de la que Jesús sacó siete demonios, dedicó lo que le quedó de vida en seguir a Jesús. Todo el Evangelio está lleno de misericordia y esperanza. Por lo tanto, reconoce que tu alma necesita de humildad, desapego, oración, silencio, amor y purificación. Reconoce las jugadas que te ha hecho el “ego” con todos sus sufrimientos.
Reconocer los errores y defectos, esas las limitaciones humanas que tenemos y no juzgar a los demás, evitar las críticas despiadadas, alegrarse con los que logran algo en la vida, llorar con los que han tenido pérdidas, ser compasivos y solidarios, amar incondicionalmente y perdonar setenta veces siete, nos ayudará a recuperar “la inocencia perdida”, recobrando la pureza con que Dios nos creó.
Es cuestión de estar siempre “soltando” lo que el ego considera importante: búsqueda de primeros lugares, ser el centro de todo, reconocimientos continuos, venganza, posesiones no necesarias y entregarse al Señor. Seguir el ejemplo de Jesús, su humildad, desapego, amor incondicional, fidelidad al Padre y entrega de la vida por los demás, nos permitirá, con su ayuda, ser invencible al terrible ego.