El amor reeduca
A veces la naturaleza del ser humano es perversa, lo que exige “injertar” algunas bondades adheridas a nuestra innata existencia, para que el cultivo sea más humano. Hablo de esa cultura adquirida, en la que no se puede permanecer estáticamente, puesto que todo está en movimiento. Hasta el amor se fecunda permanentemente. Por otra parte, poco tienen de afecto aquellas tradiciones que nos degradan, deshumanizan y lesionan. Son violaciones a la propia especie que debemos combatir hasta que desaparezcan. Sin duda, el momento histórico que vivimos ha de empujarnos a tratar de encontrar caminos de luz, desde una cultura de entendimiento y proximidad, orientada hacia la solidaridad, o si quieren hacia las pruebas de amor, cuyo cenit radica en dejar vivir libremente.
Para poner fin a la indigna mutilación genital femenina es preciso contar con todos los sectores sociales para desenmascarar el absurdo de una tradición. Se trata nada menos que de educar a las personas y de comprometer a las comunidades en el universal derecho a la salud sexual y reproductiva, y a una vida sin violencia ni discriminación. Volvemos al amor para reeducarnos. No hay otro abecedario como el del amor para transformar. Se calcula que a día de hoy -según Naciones Unidas- hay unas ciento veinticinco millones de niñas y mujeres mutiladas en veintinueve países de África y Oriente Medio. Si la tendencia actual continúa, para 2030 aproximadamente ochenta y seis millones de niñas en todo el mundo sufrirán algún tipo de mutilación genital, con sus consabidos efectos negativos y traumatizantes para la salud, y otras veces, incluso la muerte.
Naturalmente, el diálogo intercultural, bajo una actitud de reciprocidad y comprensión para simpatizar con todas las pluralidades de pensamiento, es una buena orientación para penetrar en todo el orbe y, así, poder contribuir a una armónica humanización de la especie.
Nuestra época actual nos revela la contienda entre géneros, la falta de orientación y la inmensa necesidad de acogida. Hay un hambre más tremenda que la física, es la del espíritu. Requerimos corazones que iluminen y auténticos amores incondicionales, que son los únicos que pueden reanimarnos ante el despertar de una civilización de lo universal.
Por muchas tradiciones que halla de Oriente a Occidente, de Norte a Sur, esta apertura hacia nuevos espacios requiere, en todo caso, sabia meditación y audaz previsión.
Humanizar con nuestra acción ejemplar y dar nuevamente a la familia el sitio que le corresponde hará en este mundo una irradiación cultural más vigorosa, sobre todo, en la búsqueda de la belleza y de la verdad, de la unidad y del amor verdadero. En cambio, si tomamos la vía de una cultura sin trascendencia, irrespetuosa con su propia especie, pereceremos ante la atracción del dinero y del poder, del placer y del éxito. Nos hallaremos con la insatisfacción causada por el materialismo, por la pérdida del sentido de los valores morales y por el desasosiego ante el porvenir. ¿Verdad que le suena esta cultura del tormento? Pues cambiémosla. Ya sabemos que solo el amor puede alentar todas las cosas. Sí, sí, más de lo mismo: el amor ha de unirse a todas las culturas.