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El animal político

Por: Redacción 26/12/2016

Todos los hombres son animales, pero algunos son más animales que otros. Se cree que dentro del hombre vive, en esencia, cada uno de los animales que se arrastran, vuelan, nadan o caminan sobre la faz de la tierra. De ahí las tendencias y claras similitudes de algunos hombres y algunas bestias. Ya sea el que come en demasía, obsesionado y omnívoro consagrado. Entendiendo cabalmente el término omnívoro, proveniente del vocablo latino compuesto de la palabra omnis que se traduce en todo y vorare que significa simplemente comer. De ahí que algunos con apetito desesperado, cuya voracidad no tiene tino, ni se dirige a un blanco gastronómico definido y puntual, se ha dejado conquistar por la esencia misma del puerco y a él se asemejará sin duda en su conducta, hábito y apariencia; o tomemos por ejemplo aquel hombre inestable, dominado en todo su actuar por la migración genuina e inacabada de sus metas; el hombre que en vez de hogares, busca madrigueras y en vez de hijos, deja crías. Un hombre que piensa con el miembro y se aparea con la cabeza; un hombre que no es nada selectivo ante su pareja ocasional y en el que toda sombra de juicio puede ahogarse en una copa. Ese, aunque tal vez no tan peludo, asume costumbres de la rata, que a nada se apega y en todo absolutamente sopesa la fragilidad de su existencia misma, llegando al punto de abandonar lo que tiene para consumir aquello que aún no le ha llegado. Naturalmente inestable y primario; casi un elemento parasitario y nocivo en sociedad.

Pensemos, por otro lado, en aquel que estudia sobremanera y hasta se cultiva en forma amplia y descansada. Elige el lugar, elige el momento. Todo lo revisa, todo lo mide. Carece de sustancia vivificadora y de espontaneidad. Nada dice que venga de su alma; todo lo piensa y en cada frase hay un elemento de reposo previo, mediante el cual ya ha medido la reacción de su interlocutor. Inteligente en apariencia y sin duda altamente corruptible en su esencia moral. Ese hombre se arrastra sin ser visto; repta por el suelo; se infiltra en madrigueras, que pudieran ser hogares, llegándose a nutrir, sin reparo alguno, del fruto que otros han sembrado. Ese ser humano se asimila a la culebra.

Pero no todo es sórdido y sombrío. Hombres hay, cooperadores, vigilantes, apegados a la defensa misma de la colectividad en la que deben convivir. Los hay, sí, apegados a códigos estrictos de supervivencia grupal. Depone, en momentos dados, sus propios intereses ante la difusa e incorpórea sociedad de la que es miembro. Coopera, delega, no busca destacar en cuanto al esfuerzo que es conjunto y que beneficia a todos por igual, en menor o mayor grado. Sigue, entiende y respeta los momentos adecuados para exigir su merecido jornal. Ese hombre se asemeja al lobo, sí, que vive unicelularmente en apego a manada, que se deja arrastrar por la existencia grupal misma, transfundida en sus genes milenarios bajo la cuidadosa guía de la naturaleza misma.

Está el águila, por otro lado. Que se rehúsa a casar su presa sin hacer de sí una elevación. Con desprecio pleno de lo carroñero remonta el vuelo a las alturas y se convierte así en la garra selectiva de la naturaleza misma, la cual en un peregrinaje de constante perfeccionamiento, se volverá insensible siempre con el organismo menos adaptado a ese proceso conocido como selección; inclemente, justa, haciendo siempre un matemático despliegue de templanza. Algunos a ella se asimilan en su juicio y en su superación constantemente por el bien de la propia humanidad, remontando alturas que otros nunca alcanzan.

Finalmente están aquellos que, sin necesidad real de hacerlo, se inclinan en forma depravada a vivir de los despojos. Asechan al emocionalmente devastado para festejarse en su desgracia, o esperan ansiosos la desgracia ajena para consumir en ella un nutriente sórdido que a cualquier ser humano normal llamaría a la conmiseración. No remontan vuelo a las alturas como el águila, para ganarse a pulso mismo su sustento, sino que más bien aprenden a dejar que sus alas descansen sin esfuerzo en la cabina presurizada e invisible del viento que los carga y así, aprovechándose de todo lo que sea posible para encumbrarse, asechan y caen sobre el despojo inerte, incapaces de disputarse con otro que no sea gusano también los restos ya sin vida. Esos se asimilan en casi todo a los gallotes.

Se dice que en el espíritu humano se congrega la esencia total del reino animal. Así, todos tenemos más o menos de aquella fauna que se arrastra, que camina, que nada o que vuela. Algo nos hermana pues al fin con las bestias de este mundo amplio y basto. Tiene sentido al fin, pensarse más afín a todo aquello que podemos ver y hasta entender una conducta animal que sondear las profundidades de aquello que nos hermana con el propio universo; como la propia ley de gravedad, el átomo de hidrógeno o de carbono.

Sin duda, algunos detendrán su paso a ver cómo vuela grácilmente un ave y hasta aspiran a ese nivel de elevación sustancial, que los hace ver las cosas desde otra perspectiva al fin. Otras, verán en la hormiga un abandono natural de su propio yo para sacrificarlo por completo por su hormiguero: toda la grandeza en la pequeñez más ínfima. Y así, sería larga la lista de llamados que cada cual puede sentir, en un momento dado, hacia los animales y su conducta. Ya varios autores han establecido que, por lo menos en el instinto de supervivencia, el propio ser humano se convierte en un animal mismo para poder sobrevivir en aquellos momentos en los que la conservación se hace dueña y señora del hombre.

Es entonces precisamente con ese propósito primordial de estas notas; una búsqueda esencial de aquello que impulsa al hombre a revelar conductas más afines con el reino animal que con la propia naturaleza humana. Como antes hemos mencionado, tal vez en situaciones primarias, de supervivencia, de ira, de odio, de lujuria, de guerra, de vicios y de muerte, es donde más podemos presenciar esa esencia animal del hombre; una esencia que se entrega por completo, o parcialmente, al instinto que lo mueve. Hermanos, pues, en naturaleza y obligados todos a convivir al fin en esta tierra.

El mandato bíblico ha sido claro. Debe el hombre gobernar la bestia; la realidad, sin embargo, es que a veces, por lo menos en forma conductual, será la bestia la que gobierna al hombre. Para ser más precisos, menos abarcadores y comprendiendo las limitaciones propias de mi naturaleza, solo me limitaré a señalar lo que mis propios ojos han visto, especialmente en el escenario político, donde no hay circo que contenga su cantidad, ni látigo que los gobierne. A esa fauna me refiero, a la fauna política, que revela tantos caracteres y tantas similitudes con las especies del reino animal y que seguirá siendo uno de los espectáculos más amenos y predilectos de la colectividad.

De allí que, sin lugar a dudas, existe una especie de complicidad silente entre los que explotan y los que se dejan explotar. Y, sin embargo, podemos comprender en forma humanitaria que a veces tales estados de necesidad no permiten superar una situación primaria en quienes los sufren, porque las propias calorías se limitan solo a la cadena digestiva, sin dar lugar al asueto del pensamiento creador y que libera.

Ese es el entorno triste en que medran, como hiedras venenosas en muchos casos, aquellos que serán objeto de exposición en nuestro estudio.

Abogado


 


 


 


 


 

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Miércoles 15 de julio de 2026