El animal político
Se dice que en el espíritu humano se congrega la esencia total del reino animal. Así, todos tenemos más o menos de aquella fauna que se arrastra, que camina, que nada o que vuela. Algo nos hermana pues al fin con las bestias de este mundo amplio y basto. Tiene sentido al fin, pensarse más afín a todo aquello que podemos ver y hasta entender una conducta animal que sondear las profundidades de aquello que nos hermana con el propio universo; como la propia ley de gravedad, el átomo de hidrógeno o de carbono.
Sin duda, algunos detendrán su paso a ver cómo vuela grácilmente un ave y hasta aspiran a ese nivel de elevación sustancial, que los hace ver las cosas desde otra perspectiva al fin. Otras, verán en la hormiga un abandono natural de su propio yo para sacrificarlo por completo por su hormiguero: toda la grandeza en la pequeñez más ínfima. Y así, sería larga la lista de llamados que cada cual puede sentir, en un momento dado, hacia los animales y su conducta. Ya varios autores han establecido que, por lo menos en el instinto de supervivencia, el propio ser humano se convierte en un animal mismo para poder sobrevivir en aquellos momentos en los que la conservación se hace dueña y señora del hombre.
Es entonces precisamente con ese propósito primordial que nace esta pequeña obra. Una búsqueda esencial de aquello que impulsa al hombre a revelar conductas más afines con el reino animal que con la propia naturaleza humana. Como antes hemos mencionado, tal vez en situaciones primarias, de supervivencia, de ira, de odio, de lujuria, de guerra, de vicios y de muerte, es donde más podemos presenciar esa esencia animal del hombre; una esencia que se entrega por completo, o parcialmente, al instinto que lo mueve. Hermanos, pues, en naturaleza y obligados todos a convivir al fin en esta tierra.
El mandato bíblico ha sido claro. Debe el hombre gobernar la bestia; la realidad, sin embargo, es que a veces, por lo menos en forma conductual, será la bestia la que gobierna al hombre. Para ser más precisos, menos abarcadores y comprendiendo las limitaciones propias de mi naturaleza, solo me limitaré a señalar lo que mis propios ojos han visto, especialmente en el escenario político, donde no hay circo que contenga su cantidad, ni látigo que los gobierne. En esa fauna me concentraré, en la fauna política, que revela tantos caracteres y tantas similitudes con las especies del reino animal, y que seguirá siendo uno de los espectáculos más amenos y predilectos de la colectividad.
De allí que, sin lugar a dudas, existe una especie de complicidad silente entre los que explotan y los que se dejan explotar. Y, sin embargo, podemos comprender en forma humanitaria que a veces tales estados de necesidad no permiten superar una situación primaria en quienes los sufren, porque las propias calorías se limitan solo a la cadena digestiva, sin dar lugar al asueto del pensamiento creador y que libera.
Ese es el entorno triste en que medran, como hiedras venenosas en muchos casos, aquellos que serán objeto de exposición en nuestro estudio.
(Primera de una serie de siete entregas)
Abogado