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El ascenso al poder

Por: Redacción 27/02/2017

El ascenso al poder, cualquiera sea su naturaleza, no es en realidad muy distinto a esos complejos sistemas de elevadores que vemos hoy día en los edificios modernos; así, algunos elevadores no pasan de un cierto piso y los otros se distribuyen hacia los pisos restantes. En ese sistema de reglas de ascenso, se sabrá de antemano qué elevador lleva a cierto destino y según la altura aspirada. Se presiona el botón luminoso de manera consciente; y cuando el elevador está muy concurrido, la mano generosa y, amiga por lo que dure el ascenso, hace el favor de presionar el botón elegido. A veces, el piso se pasa por propio descuido y es entonces cuando se asienta una suprema verdad en quien ha elegido subir. No todos los elevadores llegarán hasta el piso más alto, pero todos se encontrarán nuevamente en la planta más baja.

Muchos pasan por alto esa sencilla regla del ascenso, que encuentra su raíz en la propia gravedad. Por más artificioso que sea el encumbramiento, la historia nos revela que todos absolutamente vuelven a bajar. No obstante, aquí también reposa la clave misma para que el descenso sea ordenado y no calvario legendario, como suele ser. Así como todos los caminos llevan hacia Roma, todos los pasos del poder conllevan el regreso, como una especie de resorte que se estira y se vuelve a contraer. Si se estira demasiado, se malogra indefectiblemente; si no se acciona, nunca se sabrá su fuerza. Pero mientras más se extiende, más presión ejercerá en su marcha de regreso. En el ejercicio público, especialmente, vuelve el servidor al ejercicio ciudadano; y la condición sencilla de ser un ciudadano implica la faena cotidiana, la vida sin choferes, el desgaste del vehículo, la ausencia de escoltas, el saludo amable y filas en supermercado, la espera de los largos tranques. A todo eso vuelve todo el mundo y así debe ser. El ciudadano que cree que se hace superior en ejercicio público, pasa por alto muchas cosas, sin ser la principal el hecho de que a la vida cotidiana ha de volver, que el escrutinio público ya no gravitará sobre su vida ciudadana, que todo ciudadano es libre de hacer aquello que la ley no le prohíbe, pero que todo servidor puede solo hacer lo que la ley le dicta.

En una ocasión, ya hace muchos años, me topé con el expresidente Belaúnde Terry, caminando ameno y pensativo y solo por las calles de su Lima, sin guardaespaldas y sin miedo; a pesar de que para ese entonces el Sendero Luminoso hacía muchos estragos en esa nación. Nadie le podía quitar la gloria de haber servido a la nación; y nadie podía después tampoco reprocharle por la falta de asimilación a lo que era en realidad, un ciudadano más, amante de su patria. Se asentó entonces el entendimiento del por qué toda obra pública inaugurada por ese ciudadano durante su periodo en presidencia contenía sólo una frase lapidaria y que edifica en una placa: “El pueblo lo hizo”, sin proclamación alguna de su propio nombre.

Abogado

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