El buen hablar
Decencia y moral no son conceptos opuestos. Menos en un universo de cosas y de gentes en donde las relaciones personales cada día lo son menos o resulta casi imposible de calificarlas como efectivamente “personales”. Otrora, cuando se hablaba de una relación personal entendíamos por tal aquella en la que se hallaba involucrado un elemento adscrito a la personalidad, carácter, forma especial de ser, entre dos personas. Por ello, una relación personal podía involucrar cuestiones propias del sentimiento –relación sentimental-, relativas a la familia –matrimonio, hijos, parientes, etc.-, o bien referidas al plano social –relación social, amical, política, en fin-. Pero, entiéndase que, en la generalidad de los casos, se involucraba el ser, la persona, su entidad como tal.
Las cosas han cambiado un tanto por no decir lo peor: cada vez más, pareciera que nos estamos distanciando de las estrictas relaciones personales para decaer en una especie de relaciones que, aunque, en principio, puedan ser calificadas como de “personales”, no se hallan animadas o imbuidas de un sentimiento de seriedad, de respeto, de fidelidad, o, simple y sencillamente, “de pensar en el otro para bien”. Al contrario, reina la superficialidad, el poco me importa y hasta un síndrome de indiferencia con el “qué le puede estar aconteciendo al prójimo”.
La interacción social, en este obscuro panorama, se hace del mismo modo, cada día más, menos interacción y menos social. Entiéndase que, antes, cuando se hablaba de lo social, se quería indicar una afinidad comunitaria, grupal, entendida como “todo aquello que en el seno social acontezca me importa y me interesa”.
Hoy, las cosas han cambiado, y no para bien. Cualquiera se cree con derecho a ofender, denigrar, lastimar, lanzar improperios de toda clase y de todo tipo en contra de los demás. Para ello se valen del más vilipendioso recurso: la palabra plagada de obscenidad sin límites. Cualquiera te llama criminal, delincuente, narcotraficante, homosexual, ladrón, corrupto y, al parecer también, del lenguaje “social” se ha apoderado una perniciosa forma o manera de hablar que dice mucho, para mal, de nuestros interlocutores. Como si el lenguaje dependiera, para ser claro y definido, de la palabra vulgar, del verbo obsceno o de la sentencia u oración que porta en su contenido cuanta suciedad pueda transmitir. Tenemos que construir o reconstruir una sociedad, empezando por los adultos, que demos muestras del buen hablar, del buen decir, y que tengamos claro que para decir verdades no se necesita la palabra soez u obscena.
