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El caso de Barro Blanco

Por: Redacción 25/05/2015

Somos el reflejo de nuestros antepasados, hacemos esfuerzos por ser mejores que nuestros padres y aspiramos a que nuestros hijos sean mejores que nosotros. Estas son las condiciones para la supervivencia y únicamente es posible con la educación. La educación de padres a hijos ha pasado a segundo plano, solo para ayudar a la formación de la personalidad y la disciplina. Ese es el problema de la población indígena nuestra y de casi toda América hispana. La educación que les impartimos no está a la altura de sus expectativas para mejorar su forma de vivir.

Hace más de 2,000 años, el Imperio Romano hacía grandes progresos en el manejo y utilización del agua. Investigaciones recientes han demostrado que --para esa época-- culturas indígenas prehispánicas realizaron grandes avances en infraestructura hidráulica para la protección de sus cultivos y el agua de consumo.

En Beni, uno de los 9 departamentos de Bolivia, se estableció entre los siglos IV a.C. y XIII d.C. una cultura indígena. El progreso y crecimiento de esa población se debió en gran parte al desarrollo de una infraestructura para la protección de la agricultura de los efectos adversos del clima. Construyeron terraplenes, campos elevados, camellones, canales, diques, calzadas, lomas y lagos artificiales.

En años recientes, la zona ha sido afectada por frecuentes precipitaciones, causando inundaciones con graves consecuencias para la agricultura y la ganadería de los pobladores del área. Para resolver esa situación, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) en conjunto con las autoridades de la Amazonia Boliviana y los lugareños decidieron recurrir a las técnicas de sus antepasados.

Los resultados, según informes de la FAO, han logrado el récord de 3 cosechas de maíz con rendimientos excepcionales. Los mexicas eran grandes navegantes, la ciudad de Tenochtitlán tenía calles mixtas donde se podía circular tanto por tierra firme como por agua. La mayor parte del transporte de productos y personas se realizaba por canales con canoas y remos, algunas con capacidad hasta de 40 personas.

El trazado de la ciudad era en cuadrícula y permitía, según los arqueólogos, agilizar el recorrido de las aproximadamente 50,000 embarcaciones diariamente. Tenían personal para la limpieza de los canales y acueductos.

Esta infraestructura urbana, náutica e hidráulica existía antes de la llegada de los españoles.

El otro ejemplo es reciente, última parte del siglo XX. El embalse de la Represa Presidente Alemán, al sur de México, tiene aproximadamente 40 mil hectáreas, algo mayor que la de Bayano. En el área de inundación estaba establecida una población indígena. El Gobierno mexicano acordó con ellos un plan para su reubicación fuera del embalse.

El Gobierno se comprometía a: Ayudarlos en la reubicación; enseñarlos a pescar con redes en forma artesanal previamente, en comunidades con esa actividad. Inundado el embalse, lo poblarían con peces (Tilapias, contratadas en Estados Unidos), se esperaría el tiempo requerido para que prosperaran, luego se permitiría la pesca. La comunidad indígena tendría una fuente segura para su alimentación. Inicialmente, el Gobierno establecería un puesto para la compra de pescado, con lo que se mejorarían los ingresos de la comunidad.

Es de suponer que los costos para resarcir las pérdidas de los indígenas y las mejoras a su forma de vivir se incluyó en los ingresos que el Gobierno mexicano recibiría de la operación de la hidroeléctrica y el efecto de cascada de las actividades que se generarían en el área.

De lo anterior se desprende que nuestros antepasados, desde hace más de 2,400 años, nos enseñan que a la naturaleza hay que ayudarla. Nos comprueban que sus métodos son sostenibles y de vigente actualidad. Ante esta realidad, los indígenas del área de Barro Blanco, y que ahora se ha unido un grupo de chiricanos, se oponen a los embalses de las hidroeléctricas. Los primeros por carecer de las facilidades de informarse y por consejos poco afortunados, y los últimos por no investigar.

El cambio climático ya se percibe, los ríos disminuirán su caudal en forma anormal y algunos se secarán en verano.

Oponerse no es solución, lo prudente y aconsejable es revisar las afectaciones que el embalse, la hidroeléctrica y la reforestación de la rivera del embalse producirá en las comunidades cercanas.

Los costos de las reubicaciones, reparaciones y las compensaciones por daños tendrían que afrontarlos el Estado. Se debe recordar que las hidroeléctricas son esfuerzos que el Gobierno realiza para reducir la dependencia del petróleo. Los embalses o los lagos artificiales que las alimentan poseen otras ventajas que las justifican aunque no sea para generar electricidad: Son depósitos de agua de fácil acceso y utilización para el deporte y el turismo, fuente confiable para consumo humano, cría de peces; los desechos que acarrean los ríos al llegar a aguas tranquilas son descompuestos por animales, peces y plantas que viven en ellas; las filtraciones de los lagos a través del fondo reponen las aguas subterráneas que alimentan pozos aguas abajo; los lagos disipan la energía de las crecidas de los ríos al llegar a ellos, reduciendo el peligro de la sorpresa y los destrozos que se pueden producir.

En conclusión, el problema de los embalses y las hidroeléctricas es de información, educación y pareciera que no fueron consultados previamente con las comunidades afectadas.

 

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Viernes 31 de julio de 2026

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