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El centro político bajo sitio


Los eventos del pasado mes demuestran los temblores subyacentes a las acciones de la actual administración. La disyuntiva entre arnulfismo y torrijismo, ideologías que desgraciadamente se identificaron con la acción inconsistente de sus líderes, hoy quedan emparchadas por seguidores que no se apegan a los ideales originales. Esta falta endémica en ideas políticas, y sus derivados concretos en materia pública, ofrece el contexto para que surjan agrias recriminaciones desde las esquinas del tinglado político.

A grandes rasgos, el centro político en Panamá está bajo sitio. Lo vemos cada vez más con la polarización de la opinión pública. En un sistema electoral donde las victorias políticas son irrevocables, existe licencia para que el ganador haga lo que le venga en gana. No existe tal cosa como un compromiso, no existen incentivos para el consenso - y la opinión pública hoy empieza a reflejar esta realidad. El rol histórico de oposición (hoy en crisis producto de la re-estructuración del PRD) en sus momentos más heroicos sólo busca entorpecer, a veces sin mayor justificación, la estampa oficial – no se habla como una oposición leal para servir de contrapeso responsable al poder. A nivel internacional, vemos como la definición de “gobierno republicano” sufre a manos de quienes se creen escogidos por la historia. En Panamá, en el gobierno y en la sociedad civil, tristemente atestiguamos una falta rotación en nuevos liderazgos, y esto sin duda fortalece la adicción al poder y a la palestra pública.

Los nubarrones no son exclusivos a nuestro país: en Estados Unidos, el Presidente Obama, producto de las contradicciones en su gestión, está asediado por un núcleo duro de conservadores, en algunos lugares sin filiación partidista, algo que estorbará una re-elección que hasta hace poco se creía asegurada. En América Latina, vemos como el atractivo tono del populismo busca reducir esos molestosos tonos de gris en nuestra conducta humana a una batalla entre el bien y el mal, algo que alimenta la ramplonería de nuestros más bajos instintos. Si la política es como la guerra, donde todos los despojos van al bando victorioso, ¿qué incentivo existe en ser misericordiosos con nuestros rivales y hasta con los inocentes?

“Izquierdas” o “derechas” son etiquetas inadecuadas para describir un rico espectro de formas de pensar sobre el ser humano y la sociedad. Izquierda no es sinónimo a una ciega adhesión al totalitarismo, y la derecha, tal como se concibe en Panamá, no sólo es tener fe en los mercados. Dentro de las distintas escuelas de pensamiento, siempre existieron herejes, que buscaron heredarnos alternativas que en su momento no eran posibles.

Contrario a la sabiduría popular, la Historia por sí misma no cuenta con poderes de absolución, toda victoria es producto de la terquedad de una idea, que se nutre de sus defensores más críticos, dispuestos a poner en entredicho convenciones. Ya lo dijo Robert F. Kennedy, que “la crítica más aguda frecuentemente viene acompañada del idealismo más profundo y el amor a la patria”. Y es por eso, que la primera regla de democracia es respetar y aceptar la existencia de diferencias, sean incómodas o bienvenidas.