El Chiringuito
Querido Director,
Usted no tiene por qué recordar que hasta hace varios años en España y en meses estivales se cantaba y bailaba la “canción del verano”. En el año 1988 este honroso título, recayó en una canción titulada “El Chiringuito”, cantada por el parisino Georgie Dann. Ahora, que le escribo desde Málaga, capital de la costa del sol española, estoy sentado en un chiringuito acompañando a un ilustre jurista venezolano y su bella esposa Fabiola.
Me preguntará ¿qué es un chiringuito? A finales de los años 50 y principios de los 60, España en general y la Costa del Sol en particular, empezaron a recibir los primeros turistas europeos y norteamericanos, avanzadilla de lo que hoy es un gran ejército de 66 millones de visitantes. Los andaluces, que no son muy trabajadores, pero sí muy listos y simpáticos, se dieron cuenta de que esos turistas también llamados “guiris”, tenían que beber algo en la playa y ni cortos ni perezosos llenaron la arena de pequeñas cabañas donde, con una nevera llena de hielo, vendían Coca-Cola, cerveza y vino, eso sí, al doble de precio de lo normal. No pidieron ningún tipo de permisos, tampoco pagaban impuestos, pero el Estado hacía la vista gorda a favor del un servicio verdaderamente necesario para nacionales y turistas. Pasados los años, esas pequeñas cabañas se ampliaron y acondicionaron y ya daban tapas y raciones, convirtiendo el chiringuito en un lugar de reunión, donde en traje de baño, se podía hacer amistad con alguna chica guapa, preferentemente nórdica. Fueron los años donde los franceses, a los que tanto les gustan las estadísticas, llegaron a la conclusión de que los europeos que más mujeres disfrutaban al año, eran los españoles empleados de los chiringuitos.
Al principio los chiringuitos tenían el nombre de su fundador y casi siempre único empleado, ahora, ocupan 200 ó 300 m2, tienen nombres internacionales, el menú ofrece hasta 100 platos y están abiertos para tomar tragos hasta las 3 ó 4 de la madrugada. El personal de servicio lo forman 20 ó 30 personas de diversas nacionalidades, que pasan temporadas del año en un clima benigno, comen bien y siguen conquistando señoras estupendas, aunque ahora en menor número, pues la competencia es grande. Mis amigos y yo hemos almorzado cada día en un chiringuito distinto, que como están en la misma playa, gozan de una brisa y unas vistas excepcionales. La comida es abundante y rica, pero en algunos, los precios parecen del Waldorf Astoria de Nueva York, eso sí Director, servido con mucha gracia, que al final es lo que más agrada en la vida y quedan ganas de volver. En uno de ellos cuelga un cartel que dice: “El precio se olvida y la calidad permanece”.
Está en vigor una Ley de Costas que prevé la prohibición de cualquier edificación que esté en los 200 mts por encima de la bajamar. No hace falta que le diga que la rigurosa aplicación de la ley conllevaría la eliminación de los varios chiringuitos que ya forman parte de la visión de la playa, independientemente de la molestia que significará tener que recorrer cientos de metros para comprar un refresco.
Pero mi amigo también es optimista al pensar que los chiringuitos no desaparecerán y seguirán siendo una señal de identidad de España. Georgie Dann cantaba “Está el menú del día: conejo a la francesa, pechuga a la española y almejas a la inglesa”.
Atentamente,
Juan Barrioseta
