El ciclo se repite
En una pequeña casa a las afueras de la Ciudad San Isabel se cobija María, una joven de quince años. El zinc y el cemento que dividen los dos diminutos cuartos y la cocina-sala son testigos de una familia integrada por una madre soltera, dos medio hermanos, un padrastro ausente y la pobreza. Pero que la pobreza sea o no el resultado en sí de un embarazo precoz es discutible, además lo que menos importa ahora es sentarse a reflexionar sobre las causas de este nuevo embrollo. Ahora lo apremiante es dar con la solución.
Y ahí está María, sentada frente a la televisión en un intento por relajarse, y es que a los quince años, y con este lío, necesita distraerse. No tiene por qué sentir que ha hecho algo incorrecto o ilegal, ni tan siquiera fuera de lo normal pues ahí está la televisión que le muestra, justifica y estimula, como consuelo a medias, de lo usual y frecuente que es ser madre precoz. En medio de novelas con historias ridículas y programas sin sentido, que a veces son un simple atentado contra nuestra inteligencia, la televisión se defiende: es lo que el mercado quiere, si no hubiese la demanda no existiría una oferta. ¿O es al revés? Lo cierto es que el mercado nos crea una necesidad artificial. Mañana en la escuela sus amigas hablarán de la popular novela, del ensueño del amor del tipo “Love Story” creándole esa imaginación artificial del amor, de la vida, y de otras tantas ilusiones. La maestra progresista no ha recibido programa de educación sexual por lo que, aunque quisiera, no podrá hablar clara y abiertamente sobre las relaciones sexuales, del preservativo, del sexo y demás. Y la no progresista, por su parte, continuará eludiendo su papel en la educación sexual de sus estudiantes adolescentes y reivindicará los valores tradicionales hasta el punto de sucumbir en la negación, pues de esos temas embarazosos ya se encarga la familia. Sí, la familia de María.
No se conversa en la familia de María. La madre no dispone de tiempo para sentarse a comer con sus hijos y conocer de sus rutinas. Cuatro horas diarias en el llamado tranque dejan a una mujer “multitask” sin aliento, sin paciencia, sin energía. Sus contradicciones salen a flote en su discusión con María cuando su consciencia admite que su responsabilidad es el bienestar de su hija y que estar pendiente de ella y de su cuidado es su tarea. Pero ¿cómo hacerlo cuando no tienes tiempo, cuando no tienes ningún soporte? Como el agua que fluye por el río, la decisión ha surgido sin cuestionamientos, sin otras alternativas exploradas, sin diálogo. Los valores sociales y tradiciones deben prevalecer.
A pesar de ser una adolescente de 15 años y, naturalmente, no estar en una relación seria, ella debe ser responsable de tener el hijo y eso no presenta ningún problema. En la escuela de María hay una buena noticia, con la idea de que hay que brindar facilidades para que “puedan salir adelante”, ya se permite asistir al aula estando embarazada. Y así, el embrollo de María la convierte en un ejemplo de responsabilidad y valentía. Pero María duda de si seguir en la escuela. Por sus temores visualiza miradas cuestionadoras de sus amigas, de sus compañeras, de sus profesores.
María viene de una familia disfuncional, y su novio… Su novio posiblemente se fugará pronto. Sin sustento económico, sin oportunidad de trabajo y sin preparación profesional ni personal, se cuestiona su existencia. A su edad no tiene clara su identidad, no comprende lo importante de desarrollarse personal y profesionalmente, pero intuye, sin atreverse siquiera a pensarlo, que este embarazo le frena algo, que ya no será la misma. Sin haber completado su adolescencia ya no podrá soñar con viajar, estudiar, trabajar, vivir experiencias, salir a divertirse y conocer otros chicos, ni alcanzará a conocerse a sí misma. Se desconecta unos minutos del celular y se retrae de sus propios pensamientos: tengo que ser responsable y ser madre. Pide perdón a Dios, pide perdón por cometer un pecado que no entiende del todo pero dicha incomprensión no la libera del sentimiento de culpabilidad. En el barrio sabe que el Padre Benito la absolverá de esa falta al tiempo que se congratulará de su valentía por el nuevo miembro de la familia. ¡Todo por el valor de la familia!
Pero ¿de qué familia estamos hablando? El concepto de familia tiene su base en la relación de los miembros, significa que pese a situaciones de separaciones existe una capacidad de amar y que por encima de cualquier diferencia se conserva la relación de amor, cuidado y cariño con los otros miembros de esta unidad social. La misma no se desintegra cuando el padre o madre se divorcia, o porque la tía o la abuela se queden al cuidado del niño (a) pero sí se vuelve disfuncional cuando los padres mantienen el rencor y resentimiento por encima del amor por sus hijos y lo excusan para estar ausentes.
La piedra angular viene de la respuesta a la siguiente pregunta: ¿bajo estas condiciones es María capaz de tener un hijo y de crear una familia? Puede que sí, como muchas madres solteras lo han hecho, pero ello no será sin reproducir el patrón familiar que ha tenido como referente. Replanteemos la pregunta: si con treinta años se sigue aprendiendo ¿está, entonces, una adolescente de quince años lo suficientemente madura física, emocional, económica y anímicamente para criar un niño ella sola? ¿Se conserva, qué valor de familia de esta forma? ¿Por qué, entonces, grupos de ciertas creencias abogan por la protección y el mantenimiento de las familias disfuncionales? Todo esto se plasma en la ciudad de San Isabel a la mirada del Estado. Su papel se ha limitado a simple espectador del fenómeno con escasas políticas estatales de prevención hasta el momento en el que el problema ya no se puede ocultar.
Y así funcionan las cosas en la ciudad de San Isabel. Su sistema, bien que obsoleto y lejos de ser práctico, sigue reproduciendo el viejo patrón una y otra vez, resistiéndose y evitando que sus criterios dogmáticos y conservadores en una era, precisamente moderna, se vean sustituidos por valores más pragmáticos y adecuados a los cambios en la sociedad.
Puede que en Panamá la idea de un Estado desarrollista no plantee mayor atención. En muchas administraciones públicas de Asia el Estado tomó un papel activo y se vinculó con la sociedad, con sus actores y con sus transformaciones. Allí la educación, junto con la industrialización, fue parte de la política económica y no social. No sorprende, entonces, que se convirtieran en los tigres asiáticos. En estos países, el pragmatismo y el uso instrumental de la economía hicieron que las instituciones estatales dirigieran y fortalecieran el mercado, no lo inhibieron. El Estado favoreció programas sociales y educativos entendiendo que el desarrollo de un país recae en la educación de la población que a su vez reduce la pobreza. El Estado no estuvo al margen.
De más está mencionar que los 10 mil casos de embarazos precoces no van a mejorar las condiciones de vida de dichas adolescentes, por el contrario van a generar más pobreza, obstaculizando el cultivo de un capital humano esencial en el crecimiento económico nacional e impidiendo un desarrollo sostenible de la sociedad. Las estadísticas lo demuestran y el caso de María en la Ciudad de San Isabel se seguirá reproduciendo.
Doctora en Relaciones Internacionales.