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El cien por cien


La muerte no es que sea un fracaso de la ciencia; constituye una realidad diaria. Y no desesperarse, hay que aceptar algo tan cierto como la vida misma.

Siempre la separación es dolorosa es una ruptura de algo que durante un tiempo, más corto o más largo ha formado la persona. Persona más o menos relacionada, arropada por su entorno y libre para decidir.

En esa libertad, el hombre puede hacerlo, pero sabemos por experiencia que no siempre elegimos lo más conveniente. Y aquí entra en juego la actitud del médico, que deberá dialogar con el paciente y así informarle de forma completa, adecuada, comprensible y en la que, de alguna forma, habrá una orientación moral.

En febrero pasado ha tenido lugar en el Vaticano el Congreso Internacional de la Academia Pontificia para la Vida, en la que se han tratado fundamentalmente los problemas éticos relacionados con el final de la vida y la enfermedad terminal. En todos los casos se enfrentan la autonomía del placiente y la responsabilidad del médico. Discrepando de la tendencia anglosajona, extendida por muchos lugares, “lo que decide el paciente, es en definitiva lo que debe hacerse“, es una conclusión, por desgracia extendida, del no querer padecer; es una decisión, miremos por donde la miremos de falta de valor del que se suicida. El miedo al dolor, el miedo a la incapacidad. Siempre el miedo, el miedo a lo desconocido. Falta de fe que no se acoge a la esperanza.

No hay que dejar, ¡nunca¡ al enfermo solo, y puede estarlo a pesar de los familiares. Hay maravillosos profesionales, que además de la técnica paliativa poseen el don de tranquilizar y animar al enfermo, a veces abocado a una forma de abandono al ser dejado solo con su desesperación.

Paulina Taboada, especialista en medicina paliativa, profesora de la Universidad Católica de Chile y directora del Centro de Bioética de esa Universidad, refería además, desde su experiencia, “ aprender a escuchar y así ver“ en los gestos y expresión del paciente, la realidad de su estado.

La muerte, es la paz, el fin de los dolores e inexorablemente llegará. En palabras de Mons. Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida: “con la muerte hay que hacer las paces cuando se vive“. Pienso, particularmente, que aumenta la dificultad para conseguirlo, “el bienestar como meta“, el hedonismo y el hedonismo imperante, y el poso que va quedando en la conciencia a consecuencia de la actuación desaprensiva del “todo vale“.

En esos momentos está en juego la actuación de toda una vida, ver si ha merecido la pena vivir como hemos vivido y si hemos merecido el reconocimiento a nuestra actuación en el Gran Teatro del Mundo.