El combate a la corrupción no acepta dobles discursos
El nepotismo es corrupción. El tráfico de influencias es corrupción. El peculado es corrupción. El uso negligente de fondos públicos es corrupción. El utilizar información privilegiada para ganar una licitación es corrupción. Podría pasar toda la columna escribiendo ejemplos de corrupción. Si es así, no entiendo el problema que se genera cada vez que un grupo de políticos llega al poder y les cuesta comprender, como por arte de magia, qué es corrupción.
La corrupción nos hace daño como país internacionalmente. Panamá se encuentra sumergido en un mar de listas negras y grises, que impiden a empresarios extranjeros invertir en nuestro país y generar una serie de empleos de calidad que tanto necesitamos. El Foro Económico Mundial indica que, gracias a nuestros altísimos índices de corrupción, Panamá ha perdido 8 puestos en el Índice de Competitividad Global, en el cual teníamos años en los cuales solo mejorábamos.
Si un ministro procede a informar a través de un comunicado de prensa que un familiar dejará de trabajar con él en su despacho luego de “revisar la ley”, entonces nos damos cuenta de que el problema no son las leyes ni las ideologías políticas ni las doctrinas, ni siquiera el signo político. El problema son los valores morales de cada persona. Es un relato malo informar que un ministro necesita “revisar la ley” luego de ejecutar una acción. Si los ministros proceden y después van a ver si la ley los ampara, vivimos en la barbarie. Y eso no es así.
La corrupción impide que el dinero de nuestros impuestos llegue a las personas que más lo necesitan. Cada vez que un funcionario viaja y gasta innecesariamente nuestros recursos; cada vez que un funcionario licita por encima de los precios reales un proyecto de gobierno; se priva a los panameños de servicios básicos como cama para los hospitales, insumos para los colegios, herramientas para la construcción de caminos de penetración, en fin. La corrupción quita vidas e impide el desarrollo.
Debe terminar la ya común práctica de señalar la corrupción desde la oposición y cuando se llega al poder suceden situaciones decepcionantes que terminan decepcionando a los votantes que con tanta fe los encumbraron.
No le podemos pedir a los panameños que dejen de manejar por los hombros de la vía, que hagan las filas, que no sobornen a funcionarios para lograr algún documento, si los que deben garantizar el sistema democrático hacen exactamente todo lo contrario a lo que predicaron para llegar al poder.
ES UN RELATO MALO INFORMAR QUE UN MINISTRO NECESITA “REVISAR LA LEY” LUEGO DE EJECUTAR UNA ACCIÓN. SI LOS MINISTROS PROCEDEN Y DESPUÉS VAN A VER SI LA LEY LOS AMPARA, VIVIMOS EN LA BARBARIE. Y ESO NO ES ASÍ.
En las últimas semanas, los panameños hemos visto horrorizados las citaciones a funcionarios del gobierno anterior, los cuales —en algunos casos— pareciera que nunca visitaban sus oficinas por el evidente desconocimiento de las situaciones que les eran inquiridas. Pero ante esto, uno se pregunta cuál es la razón por la que ahora es que esto sucede.
La falta de fiscalización efectiva es la que lleva a todo esto. No necesitamos una nueva constitución. Todos los Órganos del Estado panameño tienen bien definidas sus competencias en cuanto a cuáles son sus funciones. El no ejercerlas también es una forma de corrupción, en la cual se es cómplice por omisión de las acciones de quienes deben ser fiscalizados. Así las cosas, no comprendo cómo se sigue engañando a la gente impunemente.
La sociedad en general ha decidido no reaccionar ante estos hechos que se sucede gobierno tras gobierno. Y esto es sumamente peligroso. Esta es la verdadera razón por la cual llegan a la Asamblea Nacional las personas que llegan y luego nos sorprenden.
Claramente hay que hacer algo, quizás desde los medios de comunicación, quizás desde la sociedad civil, que primero logre despertar a la sociedad en general sobre lo que sucede y para que tome el control de su destino de una vez por todas.
Las excusas como “siempre se hace”, “ha sido así toda la vida”, “todos lo hacen”... son sencillamente intolerables. Y sobre todo porque los votantes entregan su confianza a los políticos de que las cosas van a cambiar cada vez que los votan.
Insisto en la necesidad de educar a nuestra población para que sea intolerante ante la corrupción en todos los órdenes y niveles. Y para que esto sea efectivo, la única manera es enseñando valores a nuestros niños y jóvenes, que los haga intolerantes ante las desviaciones que nos lleven a donde estamos hoy, a ser un país lamentablemente reconocido internacionalmente por sus excéntricos casos de corrupción. Espero que la falta de iniciativa en desarrollar estos programas educativos sea muy pronto un tema del pasado.