El coraje de ser uno mismo
Ser fiel a mi propio yo puede conllevar a situaciones difíciles y hasta injustas. Pero si crees verdaderamente en ti y les das valor a tus ideas y acciones, entonces desaparece el temor de lo que los demás puedan hacer o decir.
El panameño en su idiosincrasia tiende a lo que llamamos comúnmente el “chisme” y deja de hacer lo que debe para no caer en estos “argumentos fantasiosos” que distinguen a los “chismosos”.
De ahí que es de valientes distinguirse por la mismidad, o sea, ser uno mismo y no otro, ser el que es y no el que no es. Como decía Aristóteles: “No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”.
La mayoría de las personas caen en la incongruencia de decir una cosa y hacer otra.
Ellos tienen miedo a manifestarse tal como son, o dejar entrever su “yo”, y caen en lo que llamamos “intrusismo”, o sea, el miedo a revelar lo que verdaderamente son o esconder su yo, y así difícilmente podemos percibir auténtica comunicación exterior.
Decía Rollo May que es necesario un redescubrimiento de la personalidad mediante la experiencia de convertirse en persona, lo cual implica tomar conciencia de “sí mismo”, mejorar la autoestima y desarrollar la creatividad.
La lucha por la libertad interior y emocional, el coraje de vivir y todo aquello que nos conduzca a ser nosotros mismos es la tarea de siempre.
Las personas que no logran ser lo que realmente son viven del deseo de esconder a los demás motivos reales o sentimientos verdaderos.
Pueden pensar que es difícil sobrevivir si dicen o hacen siempre lo que piensan, y que la vida está llena de tantos problemas y de versatilidad de personalidades que sería arriesgado mostrarse como uno es, porque puede traernos consecuencias indeseables. Claro que no vamos a vivir descubriéndole a todo el mundo nuestro yo, pero si nos acostumbramos a ser como somos, encontraremos la manera apropiada para hacerles frente a los problemas que aparecen en nuestro diario vivir. Eso nos hace personas auténticas y confiables, aunque nos relacionemos con menos personas, pues es mejor la calidad que la cantidad.
La veracidad en la comunicación empieza por el rostro mismo y por todo nuestro ser, hay que aprender a experimentar nuestros propios sentimientos y aceptar nuestra propia realidad, para comunicarla, así, a los demás.
Sostenía José Ingenieros: “La función capital del hombre mediocre es la paciencia imitativa, la del hombre superior es la imaginación creadora”.
Ser uno mismo es ser original, no parecido a otro, es tener conciencia moral, intelectual propia y capacidad para darse el valor que uno tiene en su dignidad como persona. Ser uno mismo no es hacer de su vida un libertinaje, sino por el contrario, es tener conciencia de lo que uno es para actuar sin discriminar o aislar a otros porque no piensan ni actúan como nosotros. Los mediocres son los que pueden hacerlo, los originales no. Y nuestros valores positivos son los mismos de siempre, puesto que estos no desaparecen, sino que algunos los usan o los practican y otros no.
Ser uno mismo es ser honesto, con nuestra manera de ser y con los demás.
El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez supremo de sí mismo, asciende a la dignidad. La sombra pone el suyo en la estimación ajena y renuncia a juzgarse, desciende a la vanidad. Hay una moral del honor (lo auténtico) y otra su caricatura (lo inauténtico). ¿Ser o parecer? ¡Ser! Parecer es hipocresía.
Así pues, es difícil, pero no imposible, ser uno mismo. Solo hay que tener el coraje para serlo.