El dar es un regalo, una oportunidad de vida
Amanecía y sentía cómo el rocío de la mañana se combinaba con la suave llovizna que anunciaba el aguacero. Escuchaba el dulce cántico de los pajaritos inspirándome con su coro celestial. Muy llena de motivo, salgo a caminar pensando que tal vez no encontraría a nadie con este clima inclemente. Me equivoqué. Me encontré al vecino que recogía flores frescas y colocaba inciensos fuera de su casa, al vecino que paseaba a sus dos perros enormes; a la vecina, con juventud acumulada, que caminaba con su tradicional gorrito azul. Todos sonreían, me regalaban el tradicional saludo matutino y seguían su camino.
Verlos me llenó de gozo y me obligó a preguntarme ¿qué le regalo yo al mundo? ¿Ando buscando las oportunidades para servir, para dar de mí a cada instante? Me abro a la vida y a las necesidades de otro? ¿Cómo ayudo a construir una comunidad mejor, un Panamá mejor, una América mejor, un mundo mejor? ¿Hago un esfuerzo sincero por hacer la diferencia en la vida de los demás a mi alrededor?
Un gesto amable, una sonrisa auténtica, un saludo cordial, todo esto recibí esta mañana. Nada de esto costó un solo centavo y me permitió compartir. En esa interacción se fortalecieron los lazos socio-afectivos entre vecinos y creamos un mundo mejor. Ese acto de dar nos llenó de satisfacción y ese gozo interno permeó los espacios vacíos de nuestra vida y los llenó de amor.
Por este motivo, es importante estar abierto y atento a las oportunidades para dar que la vida te regala y aprovecharlas al máximo. Es una manera de desconectarte de lo que te esté ocurriendo, y puedes pensar y actuar en beneficio del otro.
Sin embargo, a veces estamos tan abrumados por los problemas que no podemos “ver” las oportunidades. Y nos olvidamos que los problemas o situaciones difíciles surgen por algún motivo, que hay un aprendizaje para mí en esto que estoy viviendo. Pero cuando estamos imbuidos en ello, muchas veces no entendemos por qué están ocurriendo. Nos preguntamos “¿por qué a mí?”, “¿por qué ahora?”.
Lo cierto es que los problemas siempre existen. ¡Ufa! Dime, ¿quién no tiene problemas? Lo que hace la diferencia es la manera como enfrentas cada una de las situaciones con las que te encuentras. La pregunta es: ¿quién decide cómo se encaran las situaciones? Tú dirás: “¡Qué tonta! Soy yo mismo”. Cierto, tú tomas la decisión de cómo vivir. Sí, tú decides. Tú decides cómo reaccionas a la lluvia que está cayendo justo al levantarte. Tú decides cómo encaras las largas filas, el tranque, la gente molesta, tu jefe cuando llegas tarde, tu compañero que no pudo desayunar y es grosero, etc. Tú decides.
En la vida, tú siempre eliges cómo afrontar las situaciones o problemas. Puedes poner una cara lánguida, ver el lado negativo de todo lo que ocurre, estar miserable y triste todo el tiempo o puedes elegir afrontar lo que la vida te entrega, trabajar por mejorar el entorno y aprender a dar a los demás. Esa desconexión de tus propias necesidades o problemas de tu ego permite que la vida te regale el placer de recibir de manera auténtica y en abundancia.
Mira, a veces ese saludo, ese gesto amable, esas palabras que compartes con alguien de tu entorno, puede ser lo único bueno que esa persona reciba ese día, esa semana, ese mes. El mantener esa sonrisa puede ser algo de un valor incalculable para otro. Tal vez eso que le compartes, que te parece algo tonto e incluso insignificante, puede que cale hasta los rincones más recónditos del corazón de ese ser humano de valor, pues tal vez le estés regalando un hálito de vida. Tú no sabes qué necesita. Nadie tiene una bola de cristal para saber lo que le ocurre a otro y la consecuencia de su actuar. Eso está fuera de tu control. Sin embargo, lo que sí controlas es lo que ocurre dentro de ti mismo y si desde tu interior haces ese esfuerzo por conectar con otro y das lo mejor de ti, la vida siempre te sonreirá.
Por eso, te invito a mantenerte alerta y vigilante. Te pido que aproveches los instantes que la vida te ofrece para poder regalar una parte de ti a alguien que lo necesite. Pues cuando das, te olvidas de ti. Das parte de tu esencia al otro y esa huella que dejas en él o ella es lo que hace que pulule la felicidad, la armonía y la paz en esa persona. A su vez, su impacto se refleja en todo lo que esa persona encuentre a su paso. Al final, esa ola expansiva de bienestar se manifiesta en este mundo maravilloso en el que tenemos el privilegio de existir.