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El deber del Estado y el de sus ciudadanos


Ricardo Cochran Martínez (opinion@epasa.com) / Docente.

Hay ocasiones en que los penosos acontecimientos acaecidos a la humanidad no son valorados ni tomados en cuenta. Coincido con aquellos que consideran que el estudio de la historia busca principalmente aprender de los errores y de los horrores de épocas pasadas para no repetirlos y evolucionar sociológicamente; quien pretenda gobernar un Estado debe saber lo mínimo de historia tanto de su país como la de sus vecinos para un fin concreto: no cometer las villanías que se hicieron en el pasado.

Durante la Segunda Guerra Mundial, millones de ciudadanos quedaron desprotegidos de las crueldades del nazismo en Europa; e igualmente Latinoamérica vivió esta situación en décadas recientes, principalmente quienes solamente solicitaban escuelas, tierra y trabajo, ellos fueron masacrados por sus gobiernos en atención al concepto de: “La Doctrina de Seguridad Hemisférica” en el ocaso de la Guerra Fría.

El deber del Estado, y me disculparán si me equivoco, es proteger, asegurar y vigilar a que los bienes, leyes, economía, situación laboral, educación y salud se les trate de una manera cónsona con la realidad de que el poder debe utilizarse en beneficio del pueblo y evitar las opresiones, asegurando a su vez el progreso, esa parte es fundamental.

Al Estado acceden los políticos, quienes muchas veces no tienen claro cuál es la orientación de sus acciones hacia el bien público, más que otra cosa pareciera que solamente buscan el beneficio personal.

Tal mentalidad heredada de los señores de la tierra y de las pequeñas burguesías en nuestra jóvenes repúblicas se ha mantenido como un virus peligroso, porque estos justificaban hacerse del poder para convertir a una nación en una finca de explotación de recursos en una sola dirección: las de sus haciendas.

Quiero pensar que esa época ya pasó. Pero cuando un Estado pierde el mínimo de visón o acción a desarrollar, realiza los que estos crueles gobernantes, fanáticos y genocidas hicieron en el siglo que pasó: abusar de sus poblaciones; ya que quienes estaban llamados a protegerlos fueron los que más los persiguieron.

Esa historia debe estar de manera permanente en nuestras mentes y acciones: la responsabilidad es inmediata y se debe velar por los intereses y la buena solución de la sociedad y no, reitero, por los intereses y conveniencias de un partido político o de un grupo de personas.

Ahora, el pueblo también debe relacionarse con el Estado, apoyando las buenas obras; la lucha y logros de una política viable de educación, seguridad, salud y progreso.

Tampoco es concebible que un grupito de personas quiera obstaculizar a toda una nación para imponer de manera irracional y caprichosa sus necesidades, o bien, su forma de percibir el mundo.

No se puede “pedir justicia con una espada” y además “no es lo que mi patria pueda hacer por mí, sino lo que Yo pueda hacer por mi patria”.

Nos encontramos lamentablemente en que el Estado a través de los gobiernos establecidos no contempla las lecciones de historia ni exudan tanta ética, pero también es cierto que el pueblo es incontestable.

Gobernar implica una relación entre el Estado, el Gobierno, su pueblo, su empresa privada y otros sectores importantes; todos debemos contribuir a una política más justa y eficiente.

Si por un lado tenemos al Estado que se considera “ofendido” por las justas reclamaciones del pueblo, por el otro hay a un pueblo “ingrato” y que no quiere reconocer que todos tenemos que hacer aportes y sacrificios, nos encontraremos con una nación hondamente dividida y que generará políticos enfermos que a última hora llevarán al país al atraso y al momento anterior en el que la justicia y el deber no eran formas de vida, sino enemigos públicos. Esperemos que ambas partes tomen conciencia.

Docente.