El diálogo como fuerza productiva en democracia
Desde que la actual administración dio inicio a su periodo como conductora de la nave del Estado, no hemos parado de señalarle al mandatario que esa política de reducir espacios a la cultura del diálogo, la concertación social y la participación ciudadana, con el correr del tiempo, se tornaría peligrosa para la paz, la tranquilidad y el equilibrio societario.
Por parte de tendencias que nosotros hemos calificado como los duros dentro del Gobierno, lograron convencer al presidente que eso de diálogos y participación ciudadana es puro cuento, ideología de gentes y grupos, que sin ir a contienda electoral alguna quieren cogobernar y con ese discurso, han venido manejado, apelando a una doctrina del derecho penal, a una estrategia política del enemigo y que con ellos han perdido la brújula, al considerar como ineficaz el diálogo, el disenso como institución esencial de todo sociedad que se precie de democrática.
La actual crisis que enfrenta el Gobierno Nacional pone en evidencia el fracaso de sus organismos de análisis e inteligencia, que no fueron capaces de prever la magnitud y gravedad de los acontecimientos. Subestimaron la cultura y la organización de nuestros compatriotas indígenas. Para ellos, la tierra es todo y por ella luchan hasta llegar a inmolar sus vidas. En una ocasión señalé que una cosa es la propaganda mediática en campaña electoral y otra fuera de ese marco de referencia.
Cuando el tema social hace catarsis, es decir pasa a un momento ético pasional, no hay mediatismos alguno que lo frene, salvo los mecanismos de interlocución mediataria, pero estos no sirven de nada, si no se cuenta con una red de intermediación societaria.
Estos procesos de confrontación tenderán a reeditarse, si el presidente no cambia el rumbo o, como se dice en política, le da una vuelta de timón al estilo y método con que ha venido ejerciendo la gobernabilidad. El Gobierno tiene un desgaste de figuras y eso no es decir poca cosa; estamos hablando de legitimidad y credibilidad social. En estos menesteres del poder hay que saber cuándo dar un repliegue; revisar lo actuado y corregir.
La realidad es una escuela y se aprende y se vuelve a aprender; no entiendo cómo la administración vuelve a cometer los mismos errores que se cometieron en la crisis de Bocas del Toro y Chiriquí.
¿Qué ha pasado? Lo cierto es que, en todo este mar de desaciertos, la factura corre por cuenta del señor presidente y por ello con más razón tiene que revisar todos los enfoques y responsables o autores o ideólogos de tantos errores. Hay que volver sobre los caminos de la sensatez democrática, y reencontrarse con la sociedad. ¿Será posible? Amanecerá y veremos.
Abogado.
