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‘El efecto Varela’, tres años después

Por: Redacción 19/06/2017

“El efecto Varela”, tres años después (2014-2017), se pudiera definir de la siguiente manera: la más sentida decepción y aflicción de la ciudadanía por la incompetencia del régimen policiaco, luego de 28 años de haber recuperado la democracia en Panamá; el nepotismo, la corrupción, el descrédito nacional e internacional; falta de un buen ministro de Obras Públicas y de otras carteras; inseguridad nacional, violencia, asesinatos, robos, asaltos, nunca antes visto. Este inventario negativo y creciente es el corolario más distintivo del desgobierno varelista.

Más allá de cualquier interpretación partidista, dogmática o ideológica está el hecho irrefutable de que este desgobierno ha dividido nuestro Panamá en dos partes claramente visibles: de un lado se encuentra un muy reducido número de familias (con nombres propios, “clanes poderosos”) en función de gobierno, con poder político y económico sin precedentes en la historia, y por otro, la inmensa mayoría de la población panameña (clase media profesional, pobres y de extrema pobreza) que sufre en carne y hueso el azote de la miseria y hasta la muerte.

Sin duda alguna, Panamá está atravesando por una profunda crisis política y social (y de valores cívicos y morales), a pesar de que el presidente Varela y su ministro del MEF se hacen gárgaras con lo que ellos llaman “crecimiento económico” del país. Panamá enfrentó la “gran depresión” de los años 30 del siglo pasado. En esa época, gobernaba la nación el presidente Harmodio Arias, probado estadista de carácter, capaz y con visión de futuro, que supo tomar las medidas conducentes para enfrentar y superar la dura crisis de ese entonces. A partir de julio de 2014, con el presidente Varela (a quien solo parece interesar la ostentación y el derroche de los fondos públicos), el pésimo uso de la partida discrecional de que puede hacer uso y abuso el presidente, se advierte el declive de la educación, la salud, la economía y la calidad de vida en Panamá.

Esta tendencia, que en los últimos tres años ha sido una constante general, cobra especial dramatismo en el país con las denuncias de actos de corrupción en la administración pública, de coimas con la empresa Odebrecht, y la presencia de un “gobierno que no gobierna”, y aun peor, hace alarde de ser “dueño absoluto del Estado”.

Ante esta crítica situación por la que atraviesa el país, ¿acaso vale la pena escuchar el “balbucir” cotidiano de Varela? ¿Que un reducido grupo de familias siga detentado el poder, y siga aprovechando sus ventajas para imponer su voluntad y autoridad a expensas de una gran mayoría depauperada que tiene vedados los recursos para su sustento?

Y qué decir, después de tres calamitosos años de “El efecto Varela”, del clamor de la ciudadanía por la falta de agua potable, del máximo desmejoramiento de la educación y la salud; de la basura, de calles intransitables, del caos en el transporte público; de la defensa y protección de amigos delincuentes, de justicia selectiva; del abuso incontrolable del tesoro público de la nación y de los costosos e improductivos viajes al exterior.

El sello de “El efecto Varela”: un pobre-hombre-rico exageradamente egoísta, hipócrita, ostentoso e inculto. Domina todo el escenario del poder Ejecutivo en los eventos oficiales: en la presidencia, en las conferencias callejeras habituales y sobre todo, frente a la Policía Nacional.

*Pedagogo, escritor, diplomático.

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Miércoles 15 de julio de 2026