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El espíritu navideño

Por: Redacción 20/12/2014

Se acerca el momento de los buenos deseos, de los días impregnados de un singular clima poético, donde la mística y las emociones acrecientan su espacio de recuerdos y añoranzas. Si me lo permiten, en esta Navidad 2014, yo también siento la necesidad de enviarles a ustedes, pacientes lectores de mis desahogos, unas afectuosas palabras salidas del corazón, que es realmente el lugar donde nace Jesús a diario, y en cada uno de nosotros.

Ha llegado el momento de entenderse, de respetarse, de sintonizar con el que piensa distinto. Tenemos que convivir y hemos de hacerlo con más poesía que poder. La Epifanía únicamente tiene razón de existencia en la medida en que nos haga madurar sobre el espíritu del gozo, de la esperanza, de la luz.

Evidentemente, esa sublime satisfacción germina de nuestra propia ofrenda, de nuestra nívea generosidad, de nuestra capacidad de entrega a los demás. Todo lo recibido es gratuito, también este espíritu auténtico de la Natividad, no hace falta predicación alguna, solo dejarse llevar por la certeza interior que nos habita. No debemos, pues, transitar con miedo a la hora de entregarnos, algo que rompe los esquemas humanos del interés, porque al fin la experiencia será única, y aunque nos empequeñeceremos, habrá valido la pena de entender que no somos un mercado, donde todo se compra y se vende, que somos personas dispuestas a abrir el corazón para que entren los que no saben dónde llorar. Este es la fehaciente Advenimiento, el verídico retorno del ser humano abrazando gratuitamente a su mismo ser humano, a su mismo tronco, a su misma vida. Esta es la gran fiesta de la fraternidad, de la conciencia de hermanamiento.

Esta es la referencia y el referente de la efectiva Navidad, la de un niño que es amor, inocencia visible para unos moradores en camino, que da sentido y orientación a nuestras vidas. Dejemos que nuestro corazón vibre, se mueva y se conmueva alrededor de la ternura, dejémonos acariciar por su silencio; y, por un momento, abandonémonos de mundo y amparémonos en ese Niño-Dios para sentir de cerca la gloria del Creador, un cántico que une cielo y tierra, elevando las plegarias en un haz de convivencia y armonía. Que cada ser humano se ocupe y se preocupe por el prójimo más próximo. Con la humildad realice su propio deber, sin otra pretensión que la de donarse sin más. A esto es lo que nos invita la Navidad, a ser mejores con nosotros y con nuestros semejantes. En consecuencia, todo se reduce al amor de amar amor. Ya lo sabíamos, ahora bien conjuguémoslo y hagámoslo realidad. Dicho queda.

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Miércoles 5 de agosto de 2026