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El Estado víctima


Dolorosamente la codicia, esa sed insaciable del ser humano en pos de fortuna rápida y fácil, no importa cuán ilegalmente sea adquirida, ha convertido al Estado en la principal víctima de malhechores que lo explotan sin misericordia.

La cadena de este tipo de malandrines se cuenta por miles. Tales son los que no declaran debidamente sus rentas o sólo parte de ellas para ahorrarse el pago de impuestos: tales son los miles de personas que están en mora con diversas instituciones oficiales; tales son las compras de bienes a precios inflados: tales son los perseguidos por la justicia por la comisión de peculados; tales son los cónsules a quienes hay que solicitarles constante y reiteradamente que remitan los fondos recaudados; tales son los ladrones de parrillas del alcantarillado y cables eléctricos; tales son los que se mantienen morosos en el pago por su consumo de agua o que la hurtan mediante conexiones clandestinas; Pus y pus asoman dondequiera que toquemos en el cuerpo de un Estado en desamparo como el nuestro. Y eso que todavía no hemos llegado a lo peor: A una danza de miles de millones de dólares que podrán ser gastados a la libre y sin control previo.