default

El final de los dictadores


Una vieja leyenda griega contaba que el rey Creso (una especie de nuevo rico de hoy), mostrando sus tesoros al sabio Solón, hace un montón de siglos, le preguntaba henchido de vanidad y arrogancia: ¿Quién es el hombre más feliz del mundo? Y como Solón le respondiera que a su juicio era Diógenes, el vagabundo griego que no tenía ni un centavo, le repetía la pregunta, esperando que el sabio le respondiera (como un cepillo cualquiera de nuestro tiempo): ¡Eres tú, Creso, el hombre más feliz del planeta! Pero Solón contestó al necio monarca: “No llames a ningún hombre feliz hasta su muerte”.

Lo mismo se podría decir hoy de todos los gobernantes de la tierra. Pero no pregunten cuando ellos están gobernando, porque posiblemente sus paisanos no serán tan prudentes como Solón….

Hace muchos años (en plena dictadura), Guillermo Cochez publicó un artículo afirmando que todos los dictadores terminaban pagando sus crímenes. Y yo publiqué una réplica, en la que sostenía que NO TODOS, porque muchos habían muerto en sus palacios, queridos, admirados y hasta en olor a santidad. Y recordaba al general Francisco Franco, al déspota venezolano Juan Vicente Gómez y al dictador ruso José Stalin. Ninguno de los tres murió asesinado, ni juzgado, ni humillado, ni vencido. Pero poco después me enteré de cómo habían sido los últimos tiempos de esos dictadores. ¡Fueron horribles! Franco agonizaba vomitando sangre en su mansión de El Pardo, en Madrid, y no permitía que lo llevaran a un hospital fuera de su palacio, porque creía que lo asesinarían como a su segundo en el gobierno (el almirante Carrero Blanco), a quien lo pusieron junto con su automóvil sobre la torre de una iglesia, luego de una formidable descarga de dinamita; y ya en el hospital, la enfermedad se le complicó, y eran operaciones y transfusiones y agonías que no terminaban nunca. ¡En esos días pagó todos sus crímenes! Los últimos días de Juan Vicente Gómez, fueron igualmente desgraciados, murió solo, y lo encontraron podrido en la habitación de su palacio. Y Stalin vivía en un terror permanente de ser asesinado, y desconfiaba hasta de su hija; fueron días y noches tenebrosas en su cerebro. Coincidí entonces con Cochez, rectifiqué: los dictadores terminan pagando sus crímenes.

Y ahora, se me ocurre preguntar: ¿Ustedes creen que los últimos años que pasó Pinochet, y están pasando Fidel Castro y Noriega, han sido para que los envidiemos?