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El fondo de los debates y el debate sin fondo


Como suele señalarse, muchos veces nos perdemos en la espesuras del bosque por estar mirando los árboles. Lo anterior viene como anillo al dedo cuando colocamos como temas centrales de la vida nacional, cosas baladíes, marginales y de poca monta, donde prevalece el discurso descalificador o diversionista, quedando lo serio, lo edificante y lo necesario para que el país avance, relegado a un plano extremadamente subalterno.

El reconocido filósofo, Henry Lefevre, de nacionalidad francesa, escribía que en política se suele recurrir a muertos o viejos fantasmas, lo que él llamaba el discurso del metalenguaje para evadir lo puntual, lo necesario, es decir el fondo o el contenido de una realidad que aspira al futuro desde el presente y no un presente de vuelta al pasado.

Vivimos tiempos, cierto de avance y desarrollo, pero paradójicamente también son tiempos de mucha enajenación de la conciencia humana. Muchas mentiras se nos venden como verdades; elaboramos y construimos discursos que no se corresponden con nuestra auténtica realidad y sus requerimientos que terminan postergados, sumergidos en el letargo que propicia la contracultura cursi o falsa cultura.

Nada se nos dice sobre el compromiso de cumplir con los objetivos del milenio; cumpliremos o no con la metas en educación, salud, pobreza y extrema pobreza, erradicación del trabajo infantil, empleos, cultura democrática de participación; las metas en cuando a reivindicación de género, integración nacional; protección del entorno ambiental; en materia de justicia, transparencia y lucha contra la corrupción, son temas que cuando no pasan agachados tienen bajo perfil.

En algunas de estas áreas más que avanzar, hemos retrocedido. Nada se dice de porqué seguimos siendo el país en el mundo con la peor distribución del ingreso. Miles de panameños que tienen que sobrevivir con un dólar diario cuando menos, ¿Por qué no hablamos de estas cosas?

En este contexto, me pregunto, que ha pasado con nuestros intelectuales y científicos sociales, salvo excepciones, viven o trasuntan un repliegue que hace mucho daño; no se involucran en los problemas nacionales. Existe una ruptura con la vida nacional y un pragmatismo individual de parte de ellos, entendible en un momento por la arrolladora aparición de la ideología neoliberal; pero se acabó , es la hora de salir a hablar, escribir, de darle rienda suelta al pensamiento, el país lo necesita. Como decía Gramsci, salgamos del país del pesimismo hacia el país del optimismo.