El fundador de la Compañía de Jesús

Por: Redacción 30/07/2011

Sin fanatismos y con agradecida veneración me referiré a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. La mejor alabanza es la obra, la institución humana operando en el mundo, a la que inmerecidamente pertenecemos, bajo la inspiración y conducción de sus ideas y sobre todo, la fuerza del Espíritu de Dios a través de los Ejercicios Espirituales.

De allí que con discernimiento veamos que no es ni la cantidad de obras, ni los espectaculares escenarios triunfales, ni de éxitos de miembros de la comunidad, ni de conversiones masivas y milagrosas, “Non in conmotione, Deus”, ni la cantidad de personas, ni de los fugaces triunfos sino en ver “cómo Dios se sigue sirviendo de nosotros como instrumentos aptos y eficaces para responder a los cambios rápidos y profundos del mundo que nos “obliga a reflexionar tanto sobre él como sobre nosotros para poder conocer en qué cosas debemos modificarnos y modificar también nuestros conocimientos, actitud y métodos apostólicos para estar a la altura de nuestra vocación”.

Hoy día, estar a la altura de la vocación es convencerse de la formación religiosa y apostólica.

El seguimiento de Cristo conlleva un dinamismo que requiere ser alimentado y renovado incesantemente y su llamada a seguirlo se repite en cada momento y nos pide un esfuerzo constante para revestirnos progresivamente de sus sentimientos hacia el Padre. Desde este punto de vista la formación permanente implica vivir en un proceso continuo de conversión y renovación espiritual.

Estamos convencidos de que Ignacio no es un santo popular. Ahora bien, lo que sí sentimos es que se le admira como una persona que se convirtió. Interesantes resultan sus s palabras cuando nos cuenta el proceso humano de su conversión.

En su autobiografía nos dice en su estilo: “Hasta los 26 años de edad fui hombre dado a las vanidades mundo, y principalmente me deleitaba con ejercicios de armas... Y así estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos del parecer de entregar salvas sus vidas, ya que veían que no se podrían defender, le dí tantos razones al “alcalde”- el capitán D. Miguel Herrera quien, con unos pocos defendían el castillo- que lo persuadí a seguir defendiéndose... Y llegado el día en que se esperaba el ataque, me confesé con uno de mis compañeros de armas. Y después de durar un buen rato el ataque, una “bombarda” me alcanzó en una pierna, quebrándomela entera y como la bala pasó entre ambas piernas, la otra también quedó mal herida”... El Espíritu sobrevino y en la convalecencia encontró al Señor.

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Jueves 28 de mayo de 2026
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