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El fútbol ¿Negocio o ilusión?

Por: Redacción 03/08/2015

Para muchas personas a través de mundo, el fútbol como deporte se ha transformado en el principal medio de satisfacción y gratificación, al tiempo que, no es aventurado suponer que, en muchos casos, es también el único vehículo válido y legítimo para encumbrar esperanzas y anhelos humanos. En este sentido, para el aficionado o fanático, cuando los jugadores salen a la cancha a jugar, su interés no se encuentra cifrado en las reglas de juego, en la mercantilización del deporte o en el poder seductivo y narcotizante del partido, sino en la posible victoria de su equipo favorito o de algún jugador en particular. Así, muchos hablan de amor a la camiseta; otros, sobre la fidelidad a un club de fútbol o, a la enérgica defensa patriótica a una determinada selección nacional; entre otros muchísimos ejemplos. No obstante, y a pesar de todo lo anterior, es importante reconocer que, en nuestro universo globalizado, el fútbol ha pasado de ser un simple deporte a un fenómeno sociológico complejo; cuyas aristas se encuentran más allá de lo evidente. Por ende, vale la pena preguntarse, no tanto ¿Qué es el fútbol? sino en cambio ¿Cómo debemos concebir y entender el fútbol en el siglo XXI?

Si decidimos verlo como un simple deporte, el mismo no pasa de ser una manifestación algo gloriosa del espíritu humano, en donde hombres luchan para alcanzar la gloria; lo cual, en términos llanos, no se diferenciaría de otras actividades humanas, como la guerra y los juegos de naipes. Sin embargo, si lo analizamos con mayor profundidad, se podrá observar que el balompié profesional no es nada más que un elemento estructural dentro de una lógica sistémica llamada capitalismo tardío, en donde el consumismo es su principal motor regulador y de subsistencia. En este orden de cosas, el fútbol aparece no solo como un negocio, sino también como una ilusión.

Es un negocio, no tanto porque arregle o adultere marcadores, sino porque su misma esencia y razón de existir está vinculada a toda una industria deportiva. Esta genera monumentales estadios y canchas futboleras, los cuales son visitados con mucha frecuencia por peregrinos del fútbol de todas las edades, etnias y género. Por otra parte, y ahondando un poco más en este carácter mercantil y comercial del fútbol, es evidente que este deporte, al igual que todos los otros, genera una amplísima gama de mercancías relacionadas al juego, que van desde casacas específicas de cada club y equipo (las cuales tienden a cambiar en cada temporada), hasta balones y suvenires conmemorativos para cada evento, entre otras muchas variedades de cachivaches deportivos. Ahora bien, dentro de esta estrategia económica, los llamados equipos grandes se ven ampliamente beneficiados, no por un romanticismo trasnochado sobre su supuesta hegemonía; sino porque son los que fácticamente arrastran mayor fanaticada y, por ende, generan los más amplios dividendos en cuanto a entradas a los estadios. Por otra parte, las marcas patrocinadoras, las cuales pueden ir desde las populares deportivas como Nike, Adidas, Reebok, etc., hasta otras algo antagónicas con el mismo espíritu del deporte, como las relacionadas a bebidas espirituosas y marcas automovilísticas (entre otros muchos ejemplos), promueven la difusión masiva de eventos futboleros por medio de la publicidad, ya que en esta lógica comercial, el fanático siempre termina sucumbiendo a la persuasión de sus anuncios.

Lamentablemente, para el fanático futbolero, esta evidencia economicista no es suficiente para ahogar la ilusión; sino que en cambio, y muchas veces de manera consciente sobre esta relación entre el deporte y el mercado, se entrega voluntaria, ingenua y desmedidamente a cada partido. Esta suerte de romanticismo, aunque tiene algo de trágico, también tiene algo de jocoso; ya que el fanático impone sobre sus estructuras mentales la primacía de la ilusión, sobre la evidente realidad capitalista del deporte; la cual es, generar cada vez más ganancias económicas a costa de los fanáticos del juego.

De esta forma, si decidimos percibir al fútbol como lo que es, y no como lo que se pretende ideológicamente que creamos que es; debemos ante todo, suprimir la idea de un juego limpio, bajo reglas y normas claras, y oportunidades iguales para todos los equipos, bajo cualquiera circunstancia. Por otra parte, debemos establecer como premisa fundamental, que el balompié profesional no solo es un negocio muy rentable, sino que a su vez ejerce un poder narcotizante; que al tiempo que exalta nuestras emociones, nos seduce al punto de llevarnos a la tiranía sentimental y nihilista de que un juego de fútbol lo define todo: esperanzas, anhelos, sueños, etc. En este sentido, reconozcamos que el fútbol, al tiempo que construye ilusiones, genera las condiciones ideológicas necesarias para la continuidad económica de la sociedad de consumo en que vivimos.

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Viernes 31 de julio de 2026

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