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El futuro incierto de Haití


Con la mente preñada por la impotencia al no encontrar respuestas sobre el amargo presente que les toca vivir, cada haitiano mira con resentimiento el río que atraviesa Artibonite, lugar donde se originó la epidemia y en cuyas orillas acamparon miembros de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), a quienes se les acusa de originar el cólera vertiendo residuos fecales. A pesar que no se ha confirmado esta acusación, las manifestaciones violentas no cesan, han cobrado algunas vidas y entorpecen las labores para frenar la expansión de una enfermedad, cuya cifra de muertos supera los 1,100, ha infectado a más de 19,00 personas y ha reportado un caso en Miami y República Dominicana.

Un país que aún no se recupera de las consecuencias del terremoto y de un reciente huracán, hoy padece el brote de una epidemia a todas luces predecible. Las calles de Haití nos muestran una realidad diametralmente opuesta: basura expuesta a la intemperie, charcos de agua sucia, un río contaminado en cuyos canales la población lava ropa y alimentos, se baña e incluso llegan a beber de sus aguas. Más de un millón de haitianos que viven en los campamentos en Puerto Príncipe ya no toman agua por temor a contagiarse. Cada vez quedan menos camas libres en los hospitales, lo cual hace prever que en algún momento se atiendan a los pacientes en las calles. Un haitiano que de ese modo concentra todas sus fuerzas para sobrevivir, deberá abrir un espacio político en su mente para discernir la mejor forma de ejercer su derecho ciudadano con total libertad en las próximas elecciones del 28 de noviembre. El próximo gobernante de Haití deberá, además de ser un gran estratega para captar fuentes de financiamiento en la reconstrucción de su país y el control de la epidemia, ser un líder que transmita seguridad a la población y garantice la salud y educación de los miles de niños y adolescentes haitianos. Pero eso solo se logrará con el apoyo económico, técnico y humano de los demás países.

La situación actual exige no solo ejecutar una campaña educativa consistente para que la población prevenga el contagio. Además de distribuirse sales rehidratantes y enseñar la mejor forma de usar el agua, se debe pensar el modo más eficaz de desinfectarla. Las propuestas que hagan los países miembros de la ONU en la próxima reunión del 3 de diciembre donde se tratará la situación de Haití, deben ir en ese sentido. Las donaciones u otros aportes que puedan hacer los organismos internacionales u otras entidades gubernamentales deben permitir que lo más pronto posible los haitianos accedan a agua de calidad que no ponga en riesgo su salud ni la de los demás. Aunque parezca que el rostro más cruel de la desgracia se hubiera empeñado en asfixiar los latidos haitianos, todos debemos cooperar.

rosalespurizaca@gmail.com