default

El gran banquete: anécdota de una fiesta de fin de año


Silvio Guerra Morales. (opinion@epasa.com) / Abogado

Fue todo un año, durante los fines de semana, que los adultos se reunían, desde el anochecer de los viernes hasta el atardecer de los domingos. Todo se desarrollaba allí, en el Barrio Matuna de La Chorrera y, más específicamente, en el viejo caserón de cuatro cuartos de alquiler. En ese entonces, se había acordado entre los vecinos un plan para poder tener una fiesta de fin de año. Y así fue. Unos se dedicaban a las tareas de hacer las hojaldres, otros las bien salsosas bolitas de carne –mi madre era especialista en ellas-, y no faltaban quienes exprimían las naranjas y raspaban las raspaduras para hacer los tanques de chicha. Todo se vendía.

Aunque pequeño, yo no dudaba, por ningún momento, tomar parte de los quehaceres, sobre todo porque gravitaba la amenaza de que “el que no trabaja no comerá en la fiesta de año nuevo”.

Aquello era todo un reto, mal podíamos desatenderlo. Imagínense, perderse una fiesta de Año Nuevo. Entre los pobres, no sé ahora, pero en los de mi época aquello sonaba grandioso. Comer lechona asada, arroz con guandú, gallina de patio guisada, todo se me presentaba muy apetitoso.

Con las ventas de las frituras, las ganancias del bingo de barrio y otros ingresos de actividades adicionales, la fiesta de fin de año estaba plenamente garantizada. Y llegó diciembre, el mes perfecto de alegrías, aunque para otros muy triste: sin banquetes y sin juguetes.

La decisión, apoyada por todos, casi por unanimidad, consistió en que había que comprar una gran lechona y comer chanchito asado. Pude ver, al aproximarse el año nuevo, el llegar de aquella vieja puerca, la trajeron viva. Era enorme y gorda. Berreaba sin parar. El vecino de cuarto de la otra esquina, el sastre “Chichí” dijo que él se encargaría, con los demás hombres, de matarla y asarla. Recuerdo todo aquel afán: ollas de agua hirviendo, platones inmensos, pailas enormes, mucha leña para atizar el fuego en las tres piedras, etc. ¿Se imaginan cómo puede quedar un asado de una puerca de más de 120 libras sobre una hoja de zinc, al aire libre y tres piedras que le sirven de asador?

Al llegar la hora tan esperada del fin de año, ¡las doce, compañeros!, como diría el bardo arrepentido al rememorar la ausencia de su santa madre, todo resultó ser un gran fraude en las artes culinarias de mis buenos vecinos: una puerca maltrecha en su asada, bultos de grasa buscando en la mal achicharronada piel por donde abrirse paso, mucha grasa y poca carne, aceite o manteca saliendo a cántaros como ojos de agua que brotan de la tierra. Todo fue un desastre. Con ansias, casi indecibles, me dieron mi pedacito de puerca y al comerlo sentí en mi boca que aquello era como masticar una masa de harina, mal amasada, cruda, en mi boca. Qué triste fue aquel Año Nuevo en mi barrio. ¡Sufrimos mucho!

Abogado

Edición Impresa

Martes 18 de agosto de 2026