El grito sagrado
Desde los tiempos de la Ilustración: ¡Libertad! es un grito sagrado, que ahora se oye desde el Medio Oriente hasta Wisconsin. Grito que libera un deseo reprimido por siglos. Sagrado, porque la humanidad le ha conferido un poder divino. De modo que en el fondo, toda libertad no es más que el deseo del ser humano de poseer un poder divino, es decir, absoluto.
El lector astuto ya sabe a donde quiero llegar. A que la libertad no es intrínsecamente libre, está unida al deseo como la cometa de José Luis Sampedro, que vuela porque está unida a un cordel. De modo que no estaría demás ponernos sobre aviso, porque aquí lo realmente importante no es cuán fuerte se grite, sino quién es el que grita. Ese agudo economista y escritor español, nos recuerda que la libertad tiene significados distintos. Para los poderosos significa poder hacer lo que se quiera, pero para el pobre, libertad significa dejar de hacer lo que no se quiere.
Ciertamente la libertad es un fin moral cuya conquista requiere de determinadas condiciones. Autores de fuste creen que la libertad es un derecho natural, como la vida. Creen que nacemos libres y que por pertenecer a la especie humana, tenemos un derecho adquirido a decidir de todo y para todo. La noticia es que no nacemos libres, papá y mamá se encargan de decidir por nosotros hasta bastante tiempo después de nacidos y para algunos, durante toda la vida. Tampoco tenemos la exclusividad sobre los demás seres vivos, como el “excepcionalismo” estadounidense proclama. Someter la naturaleza a nuestros deseos o a nuestro poder es un rasgo más de la irresponsable soberbia humana. El mundo no nos pertenece, lo compartimos. Sin el Otro no podemos vivir, ni tampoco sobrevivir.
Está muy claro entonces qué clase de hilo sostiene a la libertad. En todos los ámbitos de la vida, los deseos no pueden dominar nuestra conducta. Permitir que afloren y administrarlos responsablemente, como ser social, depende de la buena relación que entablemos entre el yo, el ello, el nosotros y el resto del mundo.
El político moderno, imbuido de ideas y de símbolos, hizo de la libertad una ideología política. Mientras el utilitarismo posmoderno actual redujo esa misma libertad a un simple intercambio de mercancías. Para ello propone liberarse de las ataduras sociales en nombre del supremo individuo. Con el resultado de que la sociedad autista, así creada, se nutre de la bulimia, la anorexia, la droga dependencia y la depresión. Se sustituye a la familia y a la escuela por la manipulación tecnológica que los educa y destruye, deformando la realidad por otra virtual, donde anidan los pensamientos esquizoides de los individuos más vulnerables. La pregonada autonomía individualista, confirma que en esa búsqueda de leyes propias (auto: propio, nomos: ley) se encuentran los límites de su libertad. Norma que fija en la responsabilidad individual la capacidad de ser libre… y de merecerlo.
