El hombre de la grúa
Hace ya cerca de un año que me acerco a la ventana de mi apartamento a curiosear la construcción de enfrente. Dicen que será un hotel con casino, yo pienso lo contrario. Desde la altura de mi ventana, el armado de la grúa parecía un juego de Lego hecho con la precisión de los niños prodigio. La intriga comenzó cuando la grúa empezó a crecer. Pensé que le agregaban las piezas desde el habitáculo. Pasé varios días tratando de descubrir cómo lo hacían, hasta que deseché esa teoría y no tuve más remedio que preguntarle a un ingeniero. Me explicó que la levantan desde la base con poderosos gatos hidráulicos. Asombroso. Pero más lo fue cuando una mañana, con la taza de café humeante todavía en la mano, vi al hombre de la grúa caminar a lo largo de la pluma hasta la mismísima punta. Yo vivo en un piso muy alto y la grúa lo sobrepasaba con creces. Quedé petrificado viendo al hombre caminar por allí como si lo hiciera por la Cinta Costera, con el agravante que en ese momento desde la bahía había comenzado una fuerte brisa y el cielo encapotado hacía tronar mis pensamientos más negros. Volví en mí cuando la camisa comenzó a beber el café que derramaba la taza.
Unos días después, camino a casa, un enjambre de hormigas coloradas con casco amarillo, revoleando las banderas del sindicato, detuvo el tránsito y uno de ellos me entregó un panfleto. Pedía por la libertad de un compañero detenido. Como no estaba muy enterado, me bajé del carro y le solicité más información. Lo hizo, y me pareció un reclamo justo. No comparto algunos métodos sindicales, pero apoyo los legítimos reclamos de los trabajadores. Algo que muchos confunden. Es más, le dije que si obstruían el tránsito no iban a tener a la gente a su favor. Les aconsejé que se quedaran en la acera, y dejaran pasar lentamente los carros, entregaran los panfletos y con calma explicaran a los transeúntes el problema. El muchacho me miró con desconfianza. Tal como supuse, me preguntó si yo era del gobierno. Le dije que no. ¿Y entonces por qué le interesa saber lo que pasa? Le respondí que era una responsabilidad ciudadana y una oportunidad inmejorable de obtener información fidedigna.
Durante el “tranque” en ningún momento oí consignas chavistas. Tampoco vi que ningún dirigente los azuzara, ni les diera plata o les regalara celulares. Recordé entonces mis días de estudiante, cuando también reclamaba, gratuitamente, por derechos propios y ajenos.
Al día siguiente me pareció ver al hombre de la grúa que desde la acera entregaba panfletos con la misma tranquilidad de cuando caminaba por la pluma. Siento una profunda admiración y un gran respeto por los obreros de la construcción que, a cada hora del día, arriesgan la vida por menos de lo que costará un trago en el casino del monstruo gris.
