El hombre en el centro de la historia
No son precisamente las cosas materiales las que mueven la historia, por muy importantes que puedan ser específicas, anecdóticas o individualmente dentro del comportamiento general de la vida. Antes que las cosas materiales está el ser humano, y solo aquellos países y sociedades que lo sitúan en el centro de la historia, estarán haciendo un progreso correcto y acelerando el desarrollo en la dirección de su destino.
Pero el recurso humano es el más escaso, siempre lo fue; el hombre en todos los países. Por eso hoy estamos presenciando ese fenómeno de migración intelectual que suele denominarse como fuga de cerebros, o fuga de la materia gris. Los países más poderosos están haciendo un reclutamiento de materia gris, porque la gente más capaz abandona los países pequeños y busca los mejores centros de operación científica o tecnológica del mundo, no solo porque allí se les paga mejor o se les promete mejores ventajas salariales, sino también porque en esos países encuentra el mejor ambiente para la realización de su vida, y la mejor atmósfera para la investigación científica o para la aplicación de los conocimientos tecnológicos.
De allí que el material humano, de por sí escaso, viene a serlo también por el hecho mismo de que al hombre, al mismo tiempo que se le ensanchan muchos horizontes y se le dilatan muchas posibilidades, también se le reduce su posibilidad de acción. Los conocimientos son tan complejos y variados que para poder hacer algo más o menos bien, es preciso concretarse, lo cual es una limitación adicional a la ya limitada condición del recurso humano.
Cabalgan sobre el hombre dos limitaciones fundamentales: primero, la limitación básica y cuantitativa de que hay pocos recursos humanos en el mundo; segundo, que además de la escasez básica, hay otra de orden intelectual y conceptual: que el hombre de hoy no puede, como el hombre clásico de la Grecia antigua, ser la medida de todos los conocimientos, sino que tiene que contentarse con una pequeña provincia del conocimiento humano donde ejercer la fuerza creadora de su vida y la capacidad administrativa de su destino.
Como cuestión universal la importancia de este hecho es obvia, pero es más importante aún cuando se trata de países como el nuestro, en vías de desarrollo. Panamá no tiene suficientes recursos humanos para llevar a cabo su desarrollo. Y en la medida en que reconozcamos y seamos conscientes de esa verdad, estaremos adquiriendo y manejando realidades y no ilusiones. Si alguna aspiración debemos tener los panameños de la presente generación es la de adquirir mente lúcida para no engañarnos con espejismos intelectuales ni con la ausencia de realismo social ni de realismo histórico.
Tenemos que multiplicar la capacidad creadora del panameño; tenemos que multiplicar en la medida de lo posible y con mayor aceleración que esté a nuestro alcance, el coeficiente intelectual de nuestra población. Pero hay que tener en cuenta que el coeficiente intelectual de un país no es el resultado del decreto de un gobierno, sino el producto de una tarea orgánica, sustantiva, general, complejísima, que va desde el aumento de proteínas en la alimentación de los grandes sectores, hasta el mejoramiento de las escuelas de enseñanza básica, pre media, media y superior, para que el hombre se forme en las mejores condiciones y con las mayores aptitudes.
Leía extractos del “Informe de gestión” (Panamá América 25/1/13), que la ministra de Educación rendía y presentaba a los representantes del sector empresarial (?) Complacida con los datos estadísticos y estimaciones de los resultados del proyecto inconsulto de “transformación curricular”, la ministra de Educación --adicta a la “fraseología”-- parece pintoresca pero risible cuando dice: “La política solo puede llegar a las puertas de las escuelas” (?)…
A propósito, es importante saber y recordar que las cifras y estimaciones sobre los resultados de la enseñanza, como las estadísticas sobre alfabetización, son todas o casi siempre conclusiones amables, engañosas y complacientes: sirven para ilustrar documentos oficiales con los cuales los gobiernos pretenden justificar su acción y conducta, pero desde el punto de vista social no significan realmente nada.