El hombre y su estilo
Creo que tenía razón un pensador francés: “El estilo es el hombre”. Sí, un hombre es lo que hace y son sus pensamientos. El hombre deja la huella de su personalidad en todo lo que hace… hasta en un anónimo o un asesinato.
Un hombre no necesita decir quién es. Su estilo habla por él. Si es un caballero, no necesita decirlo; si es un rufián, es inútil que hable de su honor y de su dignidad porque toda su personalidad lo está desmintiendo.
Hay hombres que por su grandeza, todo lo que viene de ellos, es igualmente grande. En cambio, hay otros que por su ruindad, todo lo que de ellos se deriva tiene un olor nauseabundo. Se dice: “Esto lo hizo Fulano, o Fulano dijo tal cosa…”, y se sabe de antemano que algo ruin y canallesco viene a continuación. Estos contrastes los definió bien el clásico español Baltasar Gracián: “Extremada elección la de la abeja, y que mal gusto el de la mosca, pues en un mismo jardín solicita la abeja la fragancia y la mosca la hediondez”.
No me han gustado nunca los gobiernos que hacen mucho ruido. Siempre que escucho sus estridencias recuerdo aquello de que “mucho ruido y pocas nueces”. Los grandes gobernantes no son actores de opereta. Siempre vi que al final, los payasos históricos terminaban bailando la danza de la muerte o en contorsiones desesperadas que los cubría de ridículo. Recuerden cómo terminaron Mussolini, Hitler y tantos otros de la misma cofradía.
Nosotros también tuvimos grandes payasos trágicos. Cuantas veces no los vimos tirándose, vestidos, a los ríos y piscinas, o blandiendo un machete desafiando al mundo con gritos enloquecidos… Pero cosa curiosa, ninguno de nuestros estadistas, serios y responsables, anduvieron en payasadas. Podría citar a muchos, pero me contento con recordar a Harmodio Arias, Ricardo J. Alfaro o Roberto F. Chiari. ¿Recuerdan la austeridad y la dignidad de estos señores?
Un poco al margen de este tema, pero también recordé lo que contó Edgard Hoover, cuando era jefe de la policía en Estados Unidos. Decía Hoover lo que pasó cuando acorraló a un peligroso hampón en Nueva York. Lo tenía ya derrotado, pero como se trataba de un asesino sin conciencia, que había expresado que lo agarrarían muerto, Hoover se preparó para el asalto dispuesto a lo que fuera. Pero que Karpis, como se llamaba el matón, lo sorprendió a él y a todos, cuando pálido y temblando tiró las armas y salió pidiendo que no lo mataran que él se entregaba incondicionalmente. “No hubo tiroteo -dijo Hoover- ni la más remota ocasión de que se realizase. Como les pasaba a todos los de su calaña, su valor sólo consistía en sorprender descuidadas a sus víctimas. Cuando llevaban las de perder en una pelea a fuego limpio, se entregaban miserablemente, como todos los hampones que por dentro no son más que unas gallinas”.
También recordé al pobre sujeto, que cuando tuvo poder se convirtió en un tirano, y decía que él era el hombre más valiente del mundo, que a él lo sacarían a pedazos. Y recordé también el terror que se registró en su rostro el día que se entregó como un cobarde…
