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El impulso compasivo del ser humano

Por: Redacción 17/09/2015

Se dice que el coraje vale cuando la realidad, o sea la única verdad, lo toma de la mano. Ciertamente, toda la actividad humana germina de una motivación, del deseo o el impulso. Sabido es que el ser humano, por su propia naturaleza, es un ser racional, que actúa en virtud de un estímulo propio, acorde con su naturaleza de sujeto pensante. Por eso, lo que necesitamos, especialmente en estos tiempos, son testigos creíbles que, con sus vidas y también con las palabras, hagan visible sus honestas acciones, al menos para despertarnos la atracción por nuestros análogos. Por desgracia, cada día morimos un poco en la desconfianza, y esto no es bueno para nadie.

Indudablemente, el auxilio que alientan desde instituciones y organismos a multitud de asociaciones públicas o privadas, el impulso compasivo del ser humano para sí y los suyos se ha hecho imprescindible en el acontecer de nuestras existencias. Cualquier empresa solidaria, cuyo objetivo sea mejorar la condición de las personas, merece el mayor de los elogios. Está bien, por ello, la conmemoración del Día Internacional de la Beneficencia (5 de septiembre), y haber tomado como referencia el aniversario de la muerte de la madre Teresa, cuya trayectoria y coherencia evangélica, a favor de los más pobres entre los pobres, ha constituido un enorme manantial de inspiración. Todo un símbolo de compasión para el mundo y un testigo viviente de generosidad, ya que no solo supo entrar en el mundo de los excluidos, también sufrió con ellos las penurias de su vida.

Esta gran mujer de nuestra época pasó por la vida amando a corazón abierto, siempre con los brazos receptivos y el alma dispuesta a sonreír. Nos legó un camino no solo para andarlo, sino también para volvernos hacia nosotros mismos y reflexionar sobre nuestros andares. Con razón dejaba embelesados a todos, fueran creyentes o no lo fueran. Su fuerza para enfrentar los muchos desafíos diarios germinaba de la sencillez, cultivada en el campo del amor y cautivada por la fascinación de una vida muy por encima de la mentalidad mundana.

Realmente, vivimos en una sociedad despreciativa del ser humano que no es alguien, en una cultura de la superficialidad, incapaz de ahondar en el verdadero espíritu del individuo, que nos llama a un estilo de vida más enternecido con nuestra propia especie. Como decía el célebre escritor francés, Albert Camus: "¡Quién necesita piedad, sino aquellos que no tienen compasión de nadie!". Qué crueldad la de aquel que no sabe, o no quiere, acompañar en el momento de la necesidad a sus propias raíces.

Precisamente, los problemas fronterizos surgen por esa falta de mano tendida, que no entiende de acogida y mucho menos de asistencia humanitaria. El mundo debería sentirse horrorizado por la pérdida de vidas migrantes, por la desolación en la que viven muchos ciudadanos, por la avaricia de algunos líderes y la lucha por el poder que amenaza con socavar la armonía de muchos países. Son tantas las miserias humanas, y algunas tan urgentes, como la de los pobres que no tienen lo necesario ni para poder vivir.

Una ciudadanía insensible, o enfrentada por las exclusiones, no puede subsistir en el tiempo, se ahoga en su propia tristeza, porque solo quien es capaz de ir hacia los otros puede generar vínculos, relaciones de amistad e irradiar alegría, edificar y construir un orbe para todos. Dicho lo cual, pienso que precisamos un naciente lanzamiento compasivo para mantener viva la memoria de lo que somos, infundiendo en toda la familia humana un nuevo entusiasmo que nos torne piña, transformando el egoísmo en donación y la venganza en perdón.

Sin compasión nada es y todo cae en un mero sentimentalismo, de envoltorio vacío, que nos lleva a la deriva, en lugar de actuar impulsados por el sentimiento de generosidad que mora en cada ciudadano a poco que lo removamos. En este sentido, nos llena de satisfacción que la nueva agenda de desarrollo sostenible apueste por la visión de un nuevo mundo donde nadie quede abandonado, y se asegure una vida con dignidad para todos los moradores de este planeta.

Pongámonos metas y objetivos, sembremos compasión, o lo que es lo mismo, pongamos nuestro afán en la capacidad de devolver la esperanza a los pueblos, a todos los pueblos del mundo. Con justicia, el símbolo de la verdadera grandeza reside en la clemencia que tengamos y en la caridad que brindemos. Nos queda derribar todas las fronteras. Que el ánimo no cese para pasar de los buenos propósitos, a la realidad del buen hacer y mejor obrar.

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