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El juego no es cosa de juego


Cuando escuche al Presidente en su particular lenguaje decir: “Voy a acabar con la chinguia, este país necesita más coliseos deportivos”, pensé qué bien. Pero me acordé del Dr. Jekill y Mr. Hyde. La otra voz decía vas a ahuyentar al capital con ese discurso populista. Ellos producen quinientos millones de balboas al año.

Las concesiones de los juegos de azar en este país, siendo autocrítico, no se le pueden achacar a este gobierno, pero pensé que había una intención loable para acabar con este flagelo que está enfermando a la sociedad panameña, de manera artera y silente. Sólo me estoy refiriendo a los juegos legales, sin enumerar los bingos caseros, juegos de pintas, billares, dominós, galleras, dados, etc. Esta es la verdadera bacteria asesina.

Nos jactamos como sociedad de tener el Canal de Panamá, un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto y todas las demás hierbas aromáticas, pero barremos bajo la alfombra la alienación que sufre el panameño por las consecuencias de la creciente afición y consecuente adicción a los juegos de azar.

Los que se benefician del juego hacen todo lo imposible para captar a su clientela en mercadotecnia. Los que asisten a las salas de juegos o hipódromos, lo hacen como miembros de una cofradía, tienen un lenguaje corporal propio de sus andanzas, con setas y simbologías. Hay personas con tarjetas de identificación que se clasifican por categoría, negro, oro o platino, que dan puntajes de acuerdo al consumo de sus productos, entiéndase jugar en sus máquinas. Su función es darte la falsa sensación que eres parte de la empresa, como accionista.

Pueden ser personas con capacidad delincuencial al límite porque pueden estafar, robar, mentir para lograr los dineros para saciar su necesidad de jugar. He conocido “mujeres de bien” que por jugar se han prostituido, ocasionalmente.

Aquí hay una y mil historias. Sin ambages les diré que me adentré a esos antros cuando sucedió el problema de la Modelo, allí nadie me hacía preguntas y me aceptaban, cuando otros grupos sociales a los cuales pertenecía me reprobaban o rechazaban. Rehuyéndole a la realidad, no tengo excusas, estoy en el doloroso proceso de aceptación, como dirían los expertos en esta materia, buscaré nuevas amistades, para empezar. Recuerdo una vez que un parroquiano cayo fulminado por un ataque al corazón, la administración del local lo miró tendido cuan largo era. En su rostro se dibujaba el rigor mortis y varias personas le tocaban sin sentir pulsación alguna. Llamaron a la policía para que le auxiliara como ambulancia. A sabiendas de ello, los gendarmes, lo transportaron fuera del local para después decir que murió camino al hospital.

Se de historias de amores rotos, de suicidios, negocios quebrados, navidades sin juguetes ni pavo ni jamón, privaciones elementales como comerse un helado o un día de playa en familia. Estos antros existen de frontera a frontera, me asombré cuando las luces de neón tiritaban llamando clientes hasta en las polvorientas calles de Chanquinola con su economía de subsistencia. Que cuadro más patético ver mujeres indígenas esperando con sus hijos a sus maridos.

No tienen reparos en clase sociales porque se dan el lujo de obviar el derecho de admisión porque la política de la empresa es no ser excluyente, aquí entran vendedores de pixvae, de flores, de minutos de celulares, limpiabotas, trabajadores del aseo y de la construcción, médicos, abogados, chinitos de tienda, meretrices que se sudan hasta el alma por unos dólares, jubilados con sus escuálidas pensiones, con ganas de hacerse ricos.

El gobierno debe implementar políticas sociales sostenibles para que no se les salga este asunto de las manos, ya que quien lo promociona no tiene escrúpulos para lograr sus objetivos, que son el de captar dinero y lucrarse de la debilidad y miseria humana. Ya es un problema de salud del ciudadano que debe ser resuelto.