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El karma de ser funcionario

Por: Redacción 19/06/2014

Nada más difícil para un profesional con un éxito mediano que aceptar un cargo público. Por lo que es posible que cuando usted lea estas líneas, el presidente electo, Juan Carlos Varela, aún no haya podido configurar la mitad del grupo principal de su Gabinete.

Los partidos políticos panameños se han convertido en unas pésimas agencias de empleo. Y digo esto porque, lamentablemente, el recurso humano con el que disponen en la mayoría de las ocasiones, no es el más idóneo para las labores a las que son contratados. Su único requisito es haber tenido una destacada labor en la campaña política del candidato presidencial u otros candidatos, sobre todo si no fueron favorecidos con el voto de los ciudadanos.

CADA VEZ QUE UNA PERSONA ES NOMBRADA EN UN PUESTO CON MANDO Y JURISDICCIÓN CREE QUE HA SIDO BENDECIDO POR ALGUNA DEIDAD QUE LO HACE INEXPUGNABLE A LAS MISMAS COSAS QUE EL RESTO DE LOS MORTALES.

La mayor parte de estas personas, o se van cambiando de partido político, según quien gane las elecciones, o esperan 5 años para volver a labores de gobierno, y mientras tanto se toman larguísimos años sabáticos.

Más allá de lo anterior, muchos culpan a los medios de comunicación de esta situación. Aducen que los funcionarios son satanizados y que se les escudriña su vida privada.

No sé qué se entiende por vida privada, pero en mi corta experiencia, tengo la impresión de que cada vez que una persona es nombrada en un puesto con mando y jurisdicción cree que ha sido bendecido por alguna deidad que lo hace inexpugnable a las mismas cosas que el resto de los mortales. En muchos casos creen que los cubre un manto de impunidad, que ni las boletas de tráfico son para ellos. Eso de usar placa en el carro es para simples mortales: lo de ellos es divino y se respeta, no importa si es un juez, un agente de la autoridad o un ciudadano común.

Evidentemente, este comportamiento tiene un perfil claro: personas que por sus propios méritos profesionales no han logrado o quizás nunca habrían podido destacarse en la sociedad. Quizás muchos nunca habían trabajado dirigiendo personas. Y así puedo seguir con una larga cantidad de ejemplos.

Por eso, no es falta de interés por resolver los múltiples problemas de los que adolece nuestro país. Tiene todo que ver con no quedar pegado a ese comportamiento amoral que muchos practican que los hace parias de una sociedad que los estigmatiza como “funcionarios públicos” (redundancia incluida).

Para mí el mejor ejemplo es el del Ing. Salvador Rodríguez, exrector de la Universidad Tecnológica de Panamá y exministro de Educación. Luego de una muy exitosa trayectoria como catedrático y luego rector de nuestra primera casa de estudios tecnológicos, brindó sus servicios al país al frente de diversas comisiones presidenciales para resolver problemas gremiales, hasta que aceptó el ministerio mencionado. Luego de su salida, fue objeto de una infame canallada que lo puso al margen de la sociedad, y de la cual, termina sobreseído, pero con una cicatriz moral imborrable.

¿A qué persona con algo de buen raciocinio se le puede ocurrir que luego de cosas así vale la pena ser ministro o viceministro?

Rubén Blades, exministro de Turismo y gloria de la canción latinoamericana, siempre fue puntual al señalar que era imposible hacer dinero siendo funcionario, y que la única manera de que fuera diferente era metiendo la mano en la cosa pública, de una manera u otra. Yo podría hacer un libro sobre lo anterior. Es increíble cómo muchas personas cambian incluso su nivel social luego de su paso por el gobierno, siempre hacia arriba.

¿Tiene esto solución? Por supuesto que sí. Con una ley de carrera administrativa consensuada por todas las fuerzas políticas que evite que cada presidente decida adecuarla a su realidad partidaria. Asignar salarios acordes con los puestos y su equivalente en la empresa privada. Reducir el tamaño de un Estado paquidérmico y esclerótico. Permitir el cambio a las nuevas autoridades solo en los casos de funcionarios con mando y jurisdicción y sus colaboradores más cercanos.

Ninguno de los candidatos presidenciales de las pasadas elecciones presentó alguna medida con respecto a este tema. Claro, sí ha quedado en evidencia que las promesas de campaña no llevaban incluidas al equipo que iba a desarrollarlas ni mucho menos a sus líderes.

Ojalá esta sea la última vez que los partidos políticos y sus candidatos presidenciales nos defraudan de esta manera. También espero que el presidente electo pueda conformar un equipo no con lo que queda por ahí, sino con los mejores para cada puesto. Ese es su primer reto por cumplir para con una sociedad a la expectativa.

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Viernes 7 de agosto de 2026