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El mal del siglo


REDACCION / PANAMA AMERICA

El estudio de un centro de investigación de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá, publicado por nuestro diario, sobre los trastornos depresivos que desembocan en el incremento de la tasa de suicidios provocados por drogas, alcoholismo y estrés, le ha puesto los nervios de punta a más de uno de nuestros crecientes lectores.

Se trata de una voz de alerta que hay que tomar en cuenta en la estrategia general contra la drogadicción y el alcoholismo, tanto en Panamá como en el mundo entero. Sin embargo, deben considerarse otros factores científicos y sociales para una evaluación correcta de la depresión. Médicos y psiquiatras estiman que los trastornos depresivos pueden deberse a factores genéticos, biológicos y psicosociales.

Los estudios revelan que la depresión puede ser hereditaria y puede pasar de una generación a otra, a menos que se trate a tiempo mediante consulta con médicos especializados. Igualmente, la caída en la depresión afecta a mujeres, debido más que nada a cambios biológicos naturales en la menstruación, la entrada en la premenopausia y la menopausia.

Enfermedades como alzhéimer, cáncer, diabetes, problemas cardiacos y otros más podrían constituirse en trastornos depresivos si no se atienden a tiempo. En el orden psicosocial, la casuística de la depresión es vasta y abigarrada. La viudez, la soledad, los divorcios, las frustraciones sexuales, el desempleo, la pobreza extrema, la inseguridad en la convivencia social, los fracasos políticos -todo esto y mucho más- se propagan por doquier en el mundo como si fueran el mal del siglo.

La historia de la humanidad establece que la alegría y la tristeza son estados de ánimo connaturales a los seres humanos. Los ciclos de ascenso y ocaso de las civilizaciones, las oscilaciones de los imperios, el decurso de las etapas sociales, desde por lo menos el feudalismo hasta la Revolución industrial, marcaron la psicología de hombres y mujeres a veces en forma depresiva.

Pero quizás entre los siglos XX y XXI, los trastornos depresivos se han agudizado como nunca antes. Paradójicamente, el desarrollo económico y social que en líneas generales ha mejorado el nivel de vida, también conlleva cambios de costumbres sociales muy traumáticos en Panamá.

Sociólogos y psicólogos debieran estudiar si la proliferación de edificios en la capital está provocando trastornos depresivos; cuánto influye en el rendimiento en el trabajo y en el diario vivir la angustia de residir en casas condenadas y en terrenos invadidos, cuánto contribuye la autoestima o la depresión a los trabajadores de construcción que reciben los más altos ingresos salariales de la clase laboral; por qué razones culturales ciertos miembros de las comarcas indígenas rechazan la minería, las centrales hidroeléctricas, el progreso en general, qué es lo que los lleva a recluirse en su hábitat rural y repudiar la modernidad de las ciudades.

Los centros académicos de investigación podrían ayudar con sus estudios sociológicos a descifrar los enigmas sociales panameños. No hay duda que hay sectores de la sociedad que quieren convertir la tacita de oro en una olla de grillos.

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Viernes 14 de agosto de 2026