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El mestizaje de una causa

Por: Redacción 23/01/2017

Era el sueño del gran pensador Americano José Vasconcelos que nuestro continente se convirtiera en la tierra prometida de una nueva humanidad, producto de la unión de las razas ya existentes, y que se creara así en este nuevo mundo la llamada “raza cósmica”, que congregara en una sola la cultura de todo el mundo. Hoy, en Latinoamérica, la gran mayoría de la población converge en mestizaje, producto de la unión entre el español que arriba a nuestro continente en 1492 y de las poblaciones originarias que ya habían caminado por estos valles y montañas desde tiempos milenarios, además de las otras inmigraciones de diverso origen.

La lucha que se dio afuera se libra hoy únicamente dentro del propio hombre de Latinoamérica, que no logra conciliarse con su origen y pasado. Desafortunadamente, nuestra historia formal se enseña rompiendo con ese pasado histórico en el que todos comulgamos.

Panamá no ha sido la excepción; y hoy la clave está en desaprender aquello que mal se hubo aprendido. Panamá existía ya mucho antes de la mal llamada “conquista”. Ecológicamente, ese paso natural de tierra cambió el clima mundial, permitió el intercambio evolutivo de nuevas especies y sirvió para estrechar los lazos culturales de los grandes pueblos del pasado en nuestro continente.

Hoy hemos olvidado que cuando el aventurero español pisa por primera vez las tierras panameñas, se encontró con grandes señores como el cacique Quibio, que tenía el dominio de gran parte de Veraguas. Encontraron, pues, una nación establecida, administrada; una nación con códigos morales arraigados y una religión muy propia, atada como una raíz al suelo mismo. Colón se encuentra con una población que amaba la tierra y que veía en Panamá su patria. Olvidemos el sujeto inculto que se dice que encontró en estas riberas; corramos la cortina de ese velo impuesto por la historia y encontremos el guerrero que tenía una cosmovisión muy propia y cimentada, el amante de la tierra y de los animales, el espíritu que vio en el agua una fraternidad plasmada en su reflejo y la cultura escrita, no con tinta, sino más bien en piedra y en alfarería. Reconciliemos con ese antepasado que entendió mejor que nosotros el principio bíblico de que tierra somos y que a su regazo hemos de volver.

Hay que reconciliarse; primero con su propia sangre y con su propio ser. Ser los árbitros de una batalla que se libra, aún hoy, en el corazón del hombre de Latinoamérica. Una lucha abismal entre el que todavía busca conquistar y el otro que se siente conquistado. El uno que acaricia los valores foráneos que no le pertenecen y que quiere usar guantes contra el frío en el trópico; el otro que de manera íntima rechaza su calzado impuesto y desea hermanarse nuevamente con la tierra virgen que lo vio nacer. Hay que hacer la paz primero en nosotros muchos y luchar luego, y luchar duro contra todo aquello que la historia no nos ha enseñado bien.  

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Miércoles 15 de julio de 2026